lunes, 11 de mayo de 2009

quinta entrega: El Extranjero, jm

Pingo


Por J. M. Arrivillaga

En días grises, los del invierno necio, viene la ansiedad de salir, cambiar de temperatura y permitir que las pestañas no se cierren al amanecer, porque hay camino por seguir. Animado por el apasionante prólogo que J. Bravo dedicara a La noche de los olvidos, de Fuentes Rosal, en donde se emancipa la anticuada percepción del turismo de expedición, que juzgaba a sus practicantes como excéntricos, gente egoísta o tontos, me lanzo al viaje.

Tal prólogo analiza casi psicomágicamente a Pingo, el amante del olvido en la novela de Fuentes –valga decir que J. Bravo se armó con increíbles datos biográficos del autor, así como con la magnífica tesis sobre los pueblos humayas, de la antropóloga francesa Ana Demulder, hallada cual tesoro escondido en uno de sus fríos viajes a Galway, en los estudios humayas que compartió entre la de allí y la Tridity College-.

Pingo compró la moto y sorprendió a todos con su fuga, una huida casi criminal que repercutió en intensa búsqueda por parte de los cuerpos de socorro y conocidos radioaficionados. Pasado un año, una tía lo reconoció en la televisión, en una toma que documentaba el público de un concierto en Panamá. Y luego nada. Años y nada.

Pingo tenía ansias de camino y J. Bravo las justifica con las insuficiencias emocionales padecidas por Fuentes en su infancia (y prácticamente el resto de su vida).

Tomo el vuelo a tiempo, vaya rutina con olor aséptico que casi hace surrealista el hecho de viajar. Entrás en Guatemala en una caja de vidrios con amplias salas alfombradas y subís a un avión del que salís en una caja de vidrios con amplias salas alfombradas, pero en Ciudad del Cabo. Y las once horas olieron igual.

Entre tanta homogeneidad la mente sigue ansiosa y perderme en mis pensamientos no es cosa difícil.

Fuentes Rosal no hubiera podido, ni con diez novelas, lograr sembrar en mí el impulso necesario como lo hicieron J. Bravo y el énfasis en la medicina que, a su criterio, era la búsqueda subconsciente de Pingo al viajar Cualtzapíte.

A diferencia de Pingo, yo voy muy leído. Como una obsesión que puede llevar “a las fauces mismas de la fiebre del purgatorio” me introduje en los estudios de Humbistz sobre las alucinaciones que los humayas experimentaban al entrar en las chozas traslúcidas que centran cada una de sus comunidades. Sólo en Cualtzapíte existen unas quince chozas de éstas, que centran la actividad política, social y religiosa. Es en la bautizada como Ahuruqui sumpi o Pasadizo profundo, donde tengo mi destino.

Destino.

J. Bravo afirmó: Pingo viene sin saber el porque real. Viene con la intuición pura, la voluntad del destino. Pingo ha aprendido a escuchar su corazón. Se ha vuelto el hechicero de esa magia desprestigiada por Solmero, James y cuantos otros superacionistas que se arrogan la potestad de convencerte sobre uno u otro camino.

Al final, estoy conforme con la manera en que sucede todo. No puedo pedir más.

La concentración energética de la choza sólo se puede comparar con la vasta frase de Guillini cuando afirma que “la única realidad es la que te para los pelos”. Y así como J. Bravo concluye su prólogo yo llego a este dramático final: Pingo demuestra que lo único prohibido en su vida es evadir su propia y profunda voluntad.

quinta entrega: El Extranjero, eb

Whisky con taste a diamantes

Por Evelyn Blanck

Cuenta la leyenda que a Federico II, al sultán turco Bajazet y a Clemente VII los envenenaron con diamantes pulverizados. A los dos primeros intencionalmente, al tercero, en un presunto intento por curarlo. Sus médicos le recetaron 14 cucharadas de polvo de diamante y otras piedras preciosas; murió antes de terminarlas. Ciertamente en la antigüedad se creía que el diamante tenía poderes curativos y algunos enfermos adinerados, aparte de ordenar que fueran triturados, los colocaban bajo su piel para sanar sus males. Ahora incluso se cree que el diamante es una piedra con gran poder para la revitalización espiritual.

Los tres diamantes que ella tenía en ese delgado anillo de oro barato eran tan pequeños, que mejor resultado habrían dado en el aro, visualmente, unas circonias grandes. En esas diminutas piedras no podía apreciarse la intensidad con la que presuntamente esa piedra preciosa captura y refleja la luz. El de ella era un anillo triste, triste como su vida. Nunca había podido apreciar en realidad un diamante lo suficientemente grande como para descubrir secretos universales en el interior de una piedra.

El anillito lo había comprado el oriental ése que ella conoció casi veinte años atrás en el banco. Luis Liu era entonces joven, recién llegado, prometedor. Él siempre se portó más que amable con ella y prefería tardarse tiempo extra en la agencia, que hacer fila en otra ventanilla que no fuera la suya. Flaco, puro fideo oriental y con los dientes un poco grandes y salidos, al principio era todo risas, a ella no le gustaba mucho, pero sus amigas le decían que no fuera tonta, que era dueño de fábrica. Y así le fue pasando, como trago amargo de café, y hasta llegó a sentir afecto por él.

Con el tiempo se casaron, se acabaron las risas tontas y comenzó el mandoneo, ella dejó de trabajar y tuvo los hijos. Fue difícil. Tenía que callarse y obedecer, como decía él que debían hacer las mujeres. Cuando él se iba, ella se quedaba en la casa y leía sobre pagodas y árboles de cerezo que él nunca quiso regresar a ver. La vida no era del todo mala, hasta el día en que las empleadas de la fábrica le contaron que él andaba con esa flaca de Sanarate.

Qué veinte años son nada, ¡veinte años son una mierda, chino desgraciado, todos los extranjeros son una mierda! Extranjera se había convertido ella ya en su propia casa, extranjera de mierda en su país. Sintió que algo gigante le crecía en el pecho y se lo oprimía. Con lágrimas en los ojos, tomó el último sorbo de whisky y lanzó el vaso contra la pared. Se sentía vacía por dentro.

Se arrellanó de nuevo en el sillón y volvió a mirar el anillo. En realidad, él se lo había regalado a su hija hacía tres años, pero a la niña nunca le interesó. Ella lo rescató un joyero viejo, siempre le gustaron las pulseras, los aretes, los collares, los anillos, que lamentablemente sólo podían ser baratos. Él ni siquiera se inmutó cuando vio el arito en su mano, o cuando se fracturó la rodilla seis años antes, o cuando rió a carcajadas el domingo anterior viendo puras estupideces en la televisión. Se sentía seca por dentro.

La lluvia comenzó a golpear la ventana, antaño hubiera agradecido el olor a tierra mojada y la música de fondo para la siesta, el espectáculo que ofrecían las gotas de agua al bajar por el vidrio. Hoy, nada veían sus ojos, ¿qiuén era ella, qué era su vida? Una cuenta bancaria en cero, donde nunca hubo depósitos de afecto voluminosos ni a largo plazo; donde ni siquiera había boleta de retiro para el dolor.

Se levantó descalza a la cocina, tomó otro vaso y puso un poco de licor. Se echó a la boca el anillo que había recogido de la mesita y, junto con un sorbo del ambarino líquido, se lo tragó.

quinta entrega: El Extranjero, cz

La libreta

Por Cristina Zuleta


Sacando de su abandono a todos estos viejos objetos, veo que tengo en mis manos
al testigo de una búsqueda de algo como mi lugar en el mundo, un adolescente sentido de pertenencia adoptivo, postizo o fingido...porque aquel con el que había nacido no me satisfacía tanto. Un cuaderno de pasta de cartón, simple y hasta feo orillas desgastadas y hojas amarillas, muy gordo.
Hay una especie de cronología muy absurda ya que se lee en la esquina superior derecha de cada hoja una fecha (mes y día) Pero el año por ninguna parte, en ninguna hoja ¿Lo habré hecho a propósito? Una mala broma a mi mismo
¿En que año habrá sido eso del encuentro con el tipo que no paraba de hablar, no había manera de escapar y que decía haber conocido a algún santo? Estabamos en alguna playa de Venezuela o Brasil. Pero lo de la falta de año debió haber sido con intención con un pensamiento como 'El tiempo es relativo, entonces que más da el año, en los recuerdos no hay año ni fechas' ...Quien sabe, pero ¿El mes y el día? En este cuaderno debe estar escrito, aunque no sé porque lo hice nunca quise entrar en el cliché del viajero y sus memorias, me enerva lo suficiente. Pero bueno quiza mi memoria sola no basta o ahora resulta que viajé para poder escribir un miserable cuaderno o viajar era la única forma de sacarme las palabras, impresiones... aunque mis impresiones de esa época no sé que tan interesantes hayan podido ser y las de ahora nada mucho mejor, en fin.

Dice:

21 de Enero

Los colores de las casas en este pueblo viejo y un poco podrido parecen pintadas
en un total azar de tan poco importancia que si doy vueltas como un idiota mirando las casas, en algún punto será todo blanco pero no hay necesidad de dar vueltas para tener unas nauseas agudas, voy a buscar donde reposarme. Después de dormir un poco estos colores me parecerán exóticos y hasta simpáticos.

No. Ni siquiera me parece chistoto, es deprimente, creo que ya cambie eso espero.

Luego de un pequeño fardo de páginas dice:

9 de Octubre

Un calor de puta madre en esta ciudad, así no se puede ver nada, opinar de nada. El sentido de la observación e incluso el sentido crítico se ven nublados por una masa amarilla de aire caliente como el vientre de los amantes más instintivamente listos, con los poros abiertos y el sudor que se evapora pesado y exhala feromonas, todo esto se parece a la masa amarilla y etérea pero no hay feromonas, ni orgasmos...Necesito liberarme.


Ah sí. Justo después de eso conocí a Lidia la suiza, bellísima y neurótica. Tenía el instinto maternal demasiado reprimido, cada vez que mencionaba hijos o maternidad venían sus intentos fallidos de irse por su lado. Nunca intenté retenerla y por eso se quedaba, hasta que ambos nos cansamos; más ella que yo y además había una historia con un tipo algo como un encuentro esperado hace años, yo que sé, pero bueno se fue. Sin embargo, esas compañias aunque efímeras, eran intensas, absurdas, sublimes, liberadoras...no es posible vagar solo con tal juventud sin éstas, que son como gotas hermosas que redondean la vista del mundo y caen a un vaso que nunca se llena. (¡Qué imbecil! Eso suena como una canción de ésas, no sé de quien pero a algo muy pendejo me recuerda, quizas a mi mismo)

Pero en fin, la pertenencia, la identidad, que cosa inútil. No existe tal cosa y sólo es cuestión de superarla a modo de movimiento y cambio constante, aprendizaje de distintas cotidianidades, perspectivas y lenguajes o a modo de quedarse inmóvil y cerrado a todo aquello que no sea lo mismo que se ha visto siempre. Como Doña Fátima, esa pobre señora creo que no ha visto más que su barrio y el de su hija, si es que la visita y ni siquiera se le ha pasado por la cabeza ver lo que hay más allá, no es de su interés, pero al final ella es igual de allá como yo soy de aquí. Puede ser la mejor juez de esta libreta y estas experiencias se la voy a dejar frente a la puerta. ¡Ahh no! El otro día escuché que el de la tienda dijo que la Doña se había muerto... ¡Joder! Esa una señal mejor me voy de este pueblo.

domingo, 10 de mayo de 2009

quinta entrega: El Extranjero, og

Olor a Mierda

Por Orlando Gutiérrez Gross


A las 6 en punto de la mañana sonó el despertador. Odio cuando suena ese aparato, siento que mi corazón va a explotar del susto y se combina con un sentimiento de miedo, aflicción y tristeza. Cuando era niño no tenía por qué disimularlo, pero ahora a los 32 años, opto por extender la mano, tomar el reloj, apagarlo, voltearme, cubrirme con la cobija y esperar cinco minutos más para levantarme. Todo esto lo hago en cuestión de ocho segundos, totalmente automatizado, algo robotizado.

En el último año, me han invitado de diferentes universidades a exponer mi trabajo sobre las geosminas, razón por la cual ando de avión en avión, de hotel en hotel y de universidad en universidad.

Pasaron los cinco minutos y no me queda otra alternativa que levantarme. Me quito la cobija, me levanto por el lado derecho de la cama, veo y siento mi acostumbrada erección matutina. Es un día normal en mi vida, sé que a continuación tomaré una ducha y me masturbaré para darle inicio oficial a mi jornada.

-Por favor demos un gran aplauso para el Doctor Navarro –terminó diciendo el Rector de la Universidad al presentarme.

-Buenos días. Para mí es un gran honor estar acá con ustedes, y exponerles mi trabajo “Estimulaciones químicas que producen las geosminas en el entorno humano”

Me atreveré a decir que todos hemos sentido el olor que desprende la tierra después de una fuerte lluvia, esto suele suceder más a menudo en el campo que en la ciudad, la razón es clara: en la ciudad el olor característico es una mezcla de cigarro, gasolina, cemento, cloaca, que nos penetra en cada una de nuestras células, y como vivimos ahí, ya sentimos ese olor como algo natural, es decir, estamos acostumbrados a oler mierda -varios estudiantes soltaron una gran risa- sin embargo, en el campo, por la transparencia del aire, la humedad, la lluvia, la naturaleza, es más frecuente el olor a tierra mojada.

Este olor, proviene de unas sustancias químicas llamadas “geosminas”, que son producidas por microbios. La lluvia libera del suelo estas sustancias, al mismo tiempo que asienta el polvo del aire, y con la ayuda de la temperatura se evaporan estas sustancias, dando un olor casi dulce, que es lo que conocemos como el olor a tierra mojada.

Al cabo de unas horas, terminé mi conferencia, ya me la aprendí de memoria y hablo de una manera automática y robotizada, como cuando me despierto. Inclusive hago las mismas bromas y la gente se ríe en los mismos momentos.

El reloj marca las 4:30 de la tarde, y aunque me siento cansado, no puedo perder la oportunidad de conocer un poco de este pintoresco lugar. Ha llovido gran parte de la tarde, lo cual me ha ayudado con la conferencia sobre las geosminas.

El pueblo es relativamente tranquilo, un par de cafés sobre las aceras, tiendas, restaurantes, una sala de cine, etc. Me llama la atención un lugar en especial: “El Bistro”. Un lugar interesante, lleno de cuadros, con marcos de madera carcomidos y agujereados por cientos de polillas. Me siento en el bar, y observo una minúscula estantería, donde los vasos parecían prescindir de la transparencia del cristal, y haberse tornado opacos debido a la suciedad y a la falta de lavado. El rodapiés que cubre la parte inferior de la barra, parece hacer el amor con las servilletas y las pelusas, sin embargo había algo del lugar que no dejaba de llamarme la atención. No puedo explicar que fue lo que hizo que no me largara de ahí inmediatamente, era algo en el aire, algo mágico e intoxicante, que me detenía.

Ordené un martini sucio, hasta el día de hoy no se si lo pedí porque la copa se veía sucia o por el jugo de las aceitunas, pero se que sí me lo disfruté.

Estaba tomando mi martini, cuando alguien a mis espaldas me habló:

- Doctor Navarro?

- Sí

- He disfrutado mucho su conferencia, soy Gema Mengual, estudiante de Biología.

- Gracias Gema, para mi ha sido un placer tener un grupo tan activo como el de hoy.

Sin preguntármelo, o yo proponérselo, Gema se sentó en el banco de al lado.

- Es sumamente interesante el tema de las geosminas, inclusive la parte donde nos explico que de los mismos microbios provienen ciertos antibióticos, es algo que debería de explotarse más. Pero que tonta soy, me imagino que está cansado de hablar sobre lo mismo, ya había venido acá antes?

- No te preocupes, no puedo mentir que muchas de mis conversaciones son sobre el mismo tema y a veces me cansan, pero siempre estoy dispuesto a aclarar cualquier duda que me pregunten. Soy virgen en este lugar, pero no tendré mucho tiempo de conocer, ya que mañana me dirijo a dar otra conferencia.

- Espero que lo de virgen sea porque no conoce y no por otras cosas…-dijo soltando una risita leve y picaresca –

- Ja ja ja ja, claro que es porque no conozco, por qué mas podría ser?

- No lo sé, dígame usted.

Joder, esta chica se me está insinuando y no anda con rodeos – pensé -

En cuestión de segundos la examiné de pies a cabeza. No estaba nada mal, pelo negro que le llegaba a los hombros, unos 60 kgs, ojos negros, vestía unos jeans con chaqueta de corduroy y zapatos de tacón.

- Dígame Doctor, viaja usted solo?

No sabía que contestar, porque a pesar que sí viajaba solo, estaba casado, pero la tentación que esta chica me estaba dando era muy grande. Nunca le había sido infiel a mi mujer, pero la sensación de sentirme prácticamente acosado por Gema, de estar confundido y de saber que quien tenía el mando en ese momento era la chica, no me era del todo indiferente.

- Si viajo solo, estoy casado desde hace dos años y medio – contesté –

- Ha de ser una mujer muy afortunada, lo bueno es que no todas las mujeres somos celosas.

Sonreí e inmediatamente le pregunté al bartender, que también era mesero y me imagino que cocinero, dónde estaba el servicio sanitario.

- Me disculpas un momento por favor, iré al baño.

Me encaminé por un pasillo estrecho y oscuro, con una luz tenue al final. Se encontraba a mano izquierda, era un retrete sin nada más que la imprescindible taza y un lavabo, misteriosamente estaba limpio. Entré, me baje la cremallera y empecé a orinar, mientras observaba una jabonera brillante, de aspecto antiguo, cuando escuché que la puerta se abría y antes que pudiera darme vuelta, se encontraba Gema atrás mío.

Ensuciamos la única habitación limpia del lugar.

A la mañana siguiente, después de levantarme y masturbarme, estaba listo para tomar el vuelo que me llevaría a la próxima conferencia, sin embargo, añoré la ciudad, añoré a mi esposa, añoré oler mierda

cuarta entrega: infatiles la

Nuestro encuentro con el venadito

León Aguilera Radford

“¿Qué estás haciendo diablillo?”, me preguntó mi tío porque dejé de hacer ruido. Como no recibió respuesta, se acercó de puntillas a la puerta y me sorprendió registrando una gaveta. Me agarró con uno de sus muñecos en la mano. Era un venado vestido de amarillo. ¿Qué es esto tío?, le dije para distraerlo, para evitarme algún reproche.

“Es un muñequito que representa a un bailarín de una danza que hacen en el interior, te lo voy a prestar Chica Chica, pero cuídalo”. Corrí para enseñarle el hallazgo a mi hermanito. Divertidos, nos subimos a la cama para jugar con él. Mientras, mi tía y mi mamá nos apuraban para salir: “Ya todo está listo, vonós, y ya dejen de jugar con ese muñequejo, podrán seguir cuando regresen”.

“Lástima”, dije, “no Andrea”, replicó Bryan, “ya me aburrió, total, es un juguete de indito y a vos te gustan las barbies”. Lo dejamos caer sobre la cama y nos fuimos pensando en si almorzaríamos pizza.

Mientras los niños salían, el venadito, sobre la cama, abrió los ojos, los vio de soslayo y fingió seguir inerte.

“Hoy sí han chingado que es gusto y por eso se quedan aquí, no le abran la puerta a nadie ni bajen los vidrios. No nos tardamos, sólo necesitamos mantequilla de Paiz”. Mi mamá y mi tía se bajaron del carro. Bryan y yo estuvimos callados hasta que un ruido nos llamó la atención.

Era una especie de silbido, como si un pajarito anduviera por allí. Lo primero que hicimos fue bajar el vidrio. El ambiente del sótano del centro comercial parecía de tumba. No escuchábamos nada. Cuando empezamos a platicar, otra vez, el chiflidito. Entonces, nos bajamos del carro para darle la vuelta. Pero nada.

De pronto el silbido pareció salir detrás de una columna. Corrimos y vimos algo, una sombra sobre la pared, pero detrás de la columna me pareció percibir un destello amarillo y sentí cómo se me erizaba el cuerpo.

Abracé a mi hermanito y juntos emprendimos el camino para regresar al carro. Un chillido fuerte, con aire frío, nos detuvo. Cuando volteamos vimos al venadito, convertido en gigante, con ojos que parecían de fuego, bufando como toro, arrastrando sus pezuñas de acero contra la columna, sacando chispas. Y se vino contra nosotros a toda velocidad.

Empezamos a correr, sentía que las piernas no me daban más. Bryan jadeaba, estábamos fríos como una Coca Cola en la hielera y cuánto más cerca lo sentíamos, más rápido intentábamos correr. Hasta que caímos agotados.

El venado nos rodeó con movimientos raros. Hablaba en una lengua que no era ni español ni inglés, nos veía, elevaba los brazos, levantaba la cabeza y volvía a rodearnos sacando chispas contra el suelo. Empezamos a llorar y a pedirle perdón. Entonces se fue, desapareció detrás de la columna. Nos levantamos del suelo y caminamos extenuados hasta el carro.

Sobre la cama, el venadito sonrió.

“¿Se portaron bien, no hicieron alguna tropelía?”, amenazó mi tía, mientras mi mamá dejaba unas bolsas en el baúl. Quise contarle lo que nos pasó, pero casi no podía hablar y Bryan estaba blanco como papel, medio escondido entre los asientos trasero y delantero.

Mi mamá se subió como copiloto. “¿Qué te dijeron?”. “No sé qué delirios de un venado amarillo. Estos miran mucha tele en vez de hacer sus tareas”, le respondió mi tía. Pero yo, a esas alturas, la miraba fuera de foco, su voz sonaba con eco, distante, cada vez más distante.

“Estos patojos, ve, le dibujaron una sonrisa al venadito”, dijo el tío cuando lo recogió para guardarlo.

jueves, 7 de mayo de 2009

cuarta entrega: infantiles, qm

La Casa Nueva
Por Quique Martínez Lee

Patricio se despertó con dolor de cara. Lo último que recordaba era que escuchó un ruido fuertísimo, como si se desplomara una caja gigante llena de martillos, y al mismo tiempo sintió que caía de frente, aún y cuando se encontraba cómodamente acostado en su cama. Abrió los ojos y veía todo oscuro, tenía algo en la espalda. Poco a poco empezó a quitarse las sábanas en las que estaba enrollado y se arrastró para salir de donde se hallaba atrapado.
Lo primero vio era la luz del sol. Era domingo en la mañana por lo que generalmente él y su hermana mayor, Rebeca, dormían hasta tarde mientras sus padres salían de compras. Acababan de mudarse a ese barrio por lo que no tenían muchos amigos y casi no salían a jugar afuera, y eso molestaba a los niños. Últimamente los fines de semana consistían en esperar viendo televisión a que llegara la tarde para salir toda la familia a dar un paseo.¡Qué aburrido!
A tientas buscó sus lentes en el piso, y extrañamente sintió el suelo lleno de bolitas, muy áspero.
-¡Por eso me dolía el cachete! –pensó sobándose el rostro, reconociendo la textura que había dejado marcas de agujeritos en su piel.
Encontró los antejos no muy lejos de su pierna derecha y, cuando intentó ponérselos ¡Qué mal! ¡Estaban torcidos! ¿Qué iban a decir sus papás? Se los colocó sobre la nariz y en una oreja y empezó a doblarlos hasta que quedaron puestos. Cuando sus ojos se acostumbraron a la claridad vio frente a él un objeto extraño. Era un círculo de plástico, y en el centro tenía parado un pequeño globo alargado color blanco. Parecía una bombilla.
-¡Es una bombilla! –exclamó Patricio en voz alta- ¿Cómo llegó hasta allí?
Se deslizó moviendo brazos y piernas para darse cuenta de que el peso que sintió en la espalda era el de su propia cama, y al ver alrededor, se dio cuenta de que todos los muebles de su cuarto estaban tirados boca abajo: El mueble de los calcetines y calzoncillos estaba con las gavetas salidas y las patas para arriba. El camión de metal amarillo que le había regalado su tía para navidad tenía las llantas al aire, y había tirado todas las piedras que había recogido el fin de semana pasado en el parque. El cofre al pie de la cama se había abierto regando los juguetes por todos lados.
-¿Podría haber sido un terremoto? –Pensó Patricio.
De repente se le ocurrió ver para arriba, y cuál sería su sorpresa cuando vio el techo con cuadros de color gris manchaditos de blanco y negro. ¡Así era el piso de la casa nueva!
-Si el techo está abajo y el piso está arriba… ¡Eso explica todo! La casa se dio vuelta y por eso todos los muebles están en el suelo… digo, en el techo… -todo era demasiado confuso.
Caminó a ver por la ventana. Extrañado miró a lo alto y se encontró con que allí estaba la acera y la calle, y cuando bajó los ojos vio todo azul lleno de nubes, con pájaros volando y aviones pasando. Los árboles colgaban como adornos de cumpleaños y un perrito caminaba como si fuera mosca, y orinaba al revés. ¡Qué raro era todo aquello! ¡Todo el mundo estaba de cabeza menos él!
-¡¡¡Rebeecaaa!!! –gritó mientras corría fuera de su habitación.
En el camino se tropezó con todas las cosas que se habían caído en el pasillo. La mesa del teléfono, el florero chino, la lámpara café, la estatua de la mujer recogiendo agua, todo tirado. Al llegar a la sala encontró a su hermana, Rebeca, en camisón, con el pelo lleno de cereal con leche y el plato en la cabeza como un sombrero.
-¿Qué pasó aquí? –preguntó Patricio- ¿Por qué está todo tirado?
-No lo sé –respondió su hermana limpiándose la leche de los ojos con los dedos- estaba acá, sentada, viendo caricaturas. Luego me dio hambre y me levanté a servirme un plato de cereal y cuando regresé no encontraba el control remoto. Metí la mano debajo del sillón y me encontré un bulto, lo presioné y ¡Plop! Todo se dio vuelta.
Los dos hermanos levantaron la cabeza al mismo tiempo y allí estaba. Era un botón del tamaño de una moneda de color rojo. Antes no se veía porque estaba cubierto con el mueble pero ahora, que estaba todo al revés, era muy fácil de encontrar.
-¡Esto es todo tu culpa! –acusó Patricio a su hermana- ¡Tú eras la responsable de la casa y pusiste todo patas arriba!
-No tenemos tiempo para pelear –dijo Rebeca- ya mis papás van a regresar y tenemos qué arreglar todo. Ahora tenemos qué ver cómo alcanzamos el botón.
Se miraron uno a otro. El suelo estaba muy alto. Rebeca salió corriendo a buscar una escoba, y empezó a pegar de brincos.
-¡No es piñata, Rebeca! Sería más fácil que trajeras una silla y te subieras a ella.
Entre los dos arrastraron un banco. Luego la niña se subió a él y aun así no llegaba. Luego el hermanito se encaramó a los hombros de ella y alargó una mano con la escoba mientras se sostenía de la cabeza de Rebeca.
-¡Deja de jalarme el pelo! –gritó la hermanita.
-¡No quiero caerme! –contestó Patricio.
-Bueno, entonces bájate de allí y ayúdame a pensar en otra manera de regresar todo a la normalidad.
Se sentaron en el techo a pensar qué podían hacer. De repente a Patricio se le ocurrió algo. Fue corriendo de regreso a su cuarto y agarró una onda y una chancleta. Cuando volvió puso la chancleta entre los hules y jaló lo más que pudo apuntando hacia el círculo rojo. ¡Pluc!
-¡Ay, ten más cuidado! –gritó la hermana cuando le dio un chancletazo en la cabeza- no le diste y además no me estás ayudando mucho sino golpeándome. Ahora voy a pensar yo.
Se sentaron otra vez en el techo y después de otro rato la niña tuvo otra idea.
-¡Ya lo sé! ¿Y si hubiera otro botón que volteara la casa de nuevo? Sólo tendríamos qué buscarlo.
Los niños pusieron manos a la obra, y empezaron a registrar los cuartos buscando otro botón parecido. Pero no encontraban nada.
-No está debajo de la montaña de muñecas.
-Ni en el clóset de mis papás.
-Tampoco entre la ropa sucia.
-Ni detrás del cuadro de la naranja y el banano.
-Ya busqué en la cocina.
-Y yo ya fui a la lavandería.
Por más que buscaban y buscaban no encontraban nada. Rebeca y Patricio se juntaron en el pasillo a pensar de nuevo. Como estaban tan distraídos no se acordaban de una habitación que generalmente les quedaba muy alta, pero ahora estaban parados sobre la entrada. Algo tronó a sus pies, se abrió la compuerta y cayeron al fondo. Estaban en el ático.
De repente se sintieron dichosos. Justo en medio de los dos, donde habían ido a parar, había un botón idéntico al que había volteado la casa, pero en color verde. Los niños pelearon un rato por ver quién lo presionaba.
-¡Déjame a mí hacerlo!
-¡No es justo, tú lo hiciste la vez pasada y mira cómo quedó todo!
-¡Pero yo soy la más grande!
Patricio salió ganando. Por ser más pequeño se metió debajo de su hermana, metió la manita y apachó de una sola vez. Algo más extraño empezó a suceder. El suelo, que estaba arriba, Lentamente se iba acercando.
-¡Para! ¡Nos vas a aplastar, la casa se está encogiendo! –gritó Rebeca, haciendo que su hermano presionara de nuevo el botón verde con lo que la casa dejó de moverse.
-¿Estás pensando, hermana, lo mismo que yo? –dijo Patricio
-¿Que eres un tramposo?
-¡No tonta! Ahora que la casa se ha encogido podemos alcanzar el botón.
Los dos pegaban brincos de alegría. Entonces decidieron que Patricio iría a la sala a presionar el botón mientras la hermana se quedaba en el ático. De esa manera voltearían todo y Rebeca se encargaría de írselo acercando encogiendo poco a poco la casa.
-¡Todavía no alcanzo! –gritó Patricio- ¡apáchalo otra vez! -Pero cuando la niña volvió a tocar el botón verde el suelo se empezó a alejar. Ahora se estaba agrandando todo- ¡Para! ¡Todo se esta haciendo grande!
-¡Yo también lo veo, no soy ciega! –contestó Rebeca –voy a volverlo a apachar para ver si vuelve a encoger.
Para dicha y fortuna de los dos, la casa empezó a achiquitarse de nuevo, hasta que el suelo estuvo lo suficientemente cerca para que Patricio alcanzara el botón. Lo presionó y ¡Cabúm! la casa se dio vuelta de nuevo y regresó a su tamaño normal justo en el momento que entraban los padres de los niños.
-¿Qué pasó aquí? ¿Qué es todo este tiradero? ¿Dónde está Rebeca? –preguntó la madre.
En efecto, a pesar de que la casa se había volteado y el techo estaba arriba y el suelo estaba abajo y de que ya había regresado a su tamaño normal, las cosas estaban tiradas por todos lados como si hubieran metido todo a una licuadora. Ahora había que ir a bajar a Rebeca del ático que estaba tan alto ahora, para poder explicarlo todo. Sería una larga historia. Pero la casa nueva ya no era tan aburrida como pensaban.

cuarta entrega: infatiles if

Un cambio de vida
Por Ivonne Flores

Nicanor el piojo vivía en una cabeza tupida de largos cabellos negros. La cabeza era de Lupita, una niñita morena de hermosa sonrisa.
Todos los días, Nicanor y sus primos jugaban a deslizarse y columpiarse por los cabellos de Lupita. Con tanto juego les daba mucha sed y se ponian a mordisquear poquito a poquito la piel de la cabeza de la niña, para tomar gotitas de sangre, que eran deliciosas. Nicanor siempre estaba contento y le gustaba ver a la gran mamá pioja sembrando liendrecitas, para asegurarse de que la tibia cabeza de Lupita estuviera siempre llena de piojitos y piojotes, para que siempre hubiera fiestas, pachangas y borlotes.
Pero había dos cosas que a Nicanor no le gustaban:
La primera eran los días sabados, que era el único dia de la semana en que a Lupita le tocaba baño, y entonces todo el pelo se llenaba de espuma y la sangre no sabia tan rica; tenía sabor a "Flores silvestres", "Pasion de kiwi" o "Rizos definidos", según el champú que usara doña Chonita, la mama de Lupita, para lavarle el pelo a la niña.
La otra cosa que no le gustaba a Nicanor, era que muchos de sus primos decidian a veces irse a vivir a otro lugar y aprovechaban cuando Lupita jugaba con sus amigos para saltar a otra cabeza. Eso ponía muy triste a Nicanor, porque él no queria irse a otra parte.
Un día en que estaba muy deprimido, decidió irse a vivir una temporadita al cepillo verde de Lupita, pero al poco tiempo se arrepintió, porque aunque ahi había algunos cabellos atrapados entre las cerdas y pudo jugar un buen rato, cuando le dio sed, se dispuso a dar un tremendo mordisco, pero iOh, sorpresa! el frío plástico del cepillo era tan duro que la pobre trompa de Nicanor le quedó chata y se le cayeron tres dientitos. Muy adolorido y llorando se quedó tirado un buen rato.
Unas horas después, la mamá de Lupita tomo el cepillo verde y comenzó a cepillarse el cabello, y así Nicanor llegó a parar a la cabeza de doña Chonita. Estaba tan hambriento, que sin pensarlo dos veces, se preparó para darse un delicioso banquete, en aquella cabeza enorme y llena de grasa. Pero lo que Nicanor no sabia, era que a doña Chonita le encantaba comer salsa ranchera extra picante, por eso cuando Nicanor chupó un sorbo de sangre, sintió en la panza una revolucion canija y un ardor en la trompa como si se hubiera comido un cuete entero de la feria de San Marcos, porque la sangre de la mamá de Lupita era tan picante como la mismísima salsa ranchera.
Fué tan fuerte la enchilada que se pegó Nicanor que dio un salto fantástico, como de metro y medio....
-Hay, hay hay mamacita chula! Se me quema la luengaaaaaaa!- Gritaba Nicanor, mientras salía disparado con los ojos bien saltones y entonces fue a caer a la cabeza de don Nacho, el papá de Lupita, quien estaba tomando unos tequilitas. Pero como Nicanor estaba tan enchilado, cuando aterrizó en los pelos parados de don Nacho, se puso a brincotear como si estuviera bailando un jarabe tapatio. Pero bailoteó tanto que don Nacho sintio mucha comezón y se dió una fuerte palmada en la cabeza, justo en el lugar en que estaba el pobre y enchilado Nicanor. Con aquel golpe, el piojito chimuelo se durmió a fuerzas un laaaaaargo rato. Cuando despertó se sentía débil por el golpe y porque no había comido suficente durante el dia. Entonces se dió cuenta de que estaba sobre una cabeza humana, asi que rápidamente empezó a chupar sangrita, y esta vez no era sangre extra picante, ahora el sabor era entre dulzón y salado, muy sabroso y al rato, el dolor de la trompa y cuerpo se le fué quitando porque empezo a sentirse entumecido y muy contento. Oyó al papa de Lupita cantando:
-Yoooooo, se bieeen que'stoy afuera, pero el dia en que yo me muera, se que tendrás que llorar, lloraaaaar y lloraaar, lloraaar y lloraaaar... Hip!
Nicanor trataba de pararse, pero sus patitas estaban aguadas y le bailaban solas y comenzó a darle un ataque de hipo y mucha, mucha risa...
-Ja, ja, ja, ja, ja, ja.....hip, hip! Ju, ju, ju ,ju, ju ,ju ,ju.....hip, hip, hip....- Reía Nicanor sin darse cuenta de que estaba borracho.
Al dia siguiente Nicanor despertó con nauseas y un fuerte dolor de cabeza, sientiendo que todo daba vueltas y vueltas. Asi estaba, a punto de vomitar, cuando Don Nacho se levantó de la silla donde estaba sentado y decidió irse a trabajar al mercado. Lupita se acercó a darle un beso a su papá, y Nicanor trato de saltar a la negra trenza de Lupita, pero estaba tan débil que no lo logró y se quedó en el cuello de la camisa de don Nacho, desesperado, pues sabía que si se iba nunca mas volveria a su hogar, donde se vivía tan bien y donde estaba la mamá pioja sembrando sus liendrecitas como todos los días.
Mas tarde don Nacho llegó al mercado, y en su camisa, apenas agarrado con una patita, Nicanor estaba a punto de morir de hambre, dolor y triteza; Al pasar por un puesto de frutas, Nicanor no logró sostenerse mas y cayó lentamente (ahora era muy ligero por no haber comido casi nada). Su cuerpecito fue a dar sobre un brillante tomate de piel tersa y aroma exquisito. Nicanor, con sus últimas fuerzas, clavó en aquel tomate los pocos dientes que le quedaban, y bebió y bebió. Lleno de asombro se dió cuenta de cómo su cuerpo se revitalizaba, pero lo más sorprendente era ese sabor, esa consistencia deliciosa. Pronto caminando, caminando descubrió apios, berenjenas, papayas, remolachas, melocotones y toda clase de frutas y verduras, pero sus favoritas eran las frutas rojas, que le rocardaban la dulce cabeza de Lupita. Así la vida de Nicanor se volvió una aventura de sabores y desde entonces Nicanor es un piojo vegetariano.