viernes, 29 de mayo de 2009
septima entreGa: cuentos de amor, if
jueves, 28 de mayo de 2009
septima entreGa: cuentos de amor, qm
Teatro
Por Quique Martinez
Cuando la abuela vio la muerte en los ojos de su esposo recordó el momento exacto, hacía 34 años, en que lo expulsó del cuarto y dejaron de hablarse. El pleito había perdido relevancia con el tiempo y se había vuelto un teatro para deleitar a hijos, nietos y bisnietos. En la mesa de cualquier reunión era esperado y celebrado el chiste que cualquiera de los dos hiciera a expensas del otro.
-Ahora sí se nos va Don Beto, ¿verdad? –preguntó pensativa, aún sin mucha emoción.
-No lo sé mama, Dios siempre tiene la última palabra.
Con una mano quitó a la nena que vertía a cucharadas una mínima parte de la botella de suero en la boca del agonizante. Se sentó en la orilla de la cama y tomó su mano.
-No te vayás, viejo –suplicó ante la mirada perpleja del círculo familiar- no me dejés sola.
El abuelo ya sin fuerzas para contestar entreabrió los ojos ya hundidos y parpadeó. De una esquina salió una gota con sabor a suero oral de naranja. Fin del último acto.
miércoles, 27 de mayo de 2009
septima entreGa: cuentos de amor, oG
Federico Angulo
Por Orlando Gutièrrez Gross
Desde pequeña siempre quise trabajar en una línea aérea, sin embargo nunca busqué el trabajo. Me dediqué a mis estudios y trabajos, que de una u otra forma, tenían que ver con la carrera que había escogido. A los 15 años, supe que quería ser dentista, y nunca más lo volví a dudar, a los 17 ya estaba en mi primer semestre de odontología, llevando las materias básicas de introducción, Física I, Biología humana I, Química inorgánica, Psicología médica y Educación para la salud. Recuerdo que la nota más baja fue de un 92, en Física I. Sí, mi futuro definitivamente era la odontología.
Tuve la oportunidad de pertenecer a una familia de clase social media, que aunque no derrochaba dinero, tampoco le hacía falta, y uno de los lujos que nos dábamos de vez en cuando, era un viaje familiar. Para mí era, (y aun lo sigue siendo) toda una experiencia de alegría y regocijo, el llegar al aeropuerto, ver la gente con sus maletas, las caras felices de los niños, las personas tan bien parecidas que trabajan en los mostradores de las aerolíneas, y por supuesto, estar dentro de la aeronave. Aun estando en mis cuarentas, cuando me monto en un avión, siento que es la primera vez que lo hago, toco todos los botones que encuentro, ojeo las tarjetas de seguridad (aunque me las sepa de memoria), siento el olor a viaje en el ambiente, admiro a esas chicas guapas con sus uniformes impecables y claro está, a los chicos también. Hasta cierto punto, creo que si lograra verme, pensaría que tengo cara de tonta, poniendo atención a las instrucciones de los sobrecargos, mascarilla en cara y cinturón en mano.
Mi primer trabajo, gracias a mi padre, fue como asistente de higienista dental. Un amigo de él, se tomó la paciencia de enseñarme, y cuando estuve lista pude hacerlo yo sola. Tomaba radiografías dentales, impresiones, eliminaba la placa, cálculos y hacía tinciones con pulido de aire, pero lo que más satisfacción me daba era ver la cara de los pacientes cuando les daba instrucciones de higiene dental. ¡Me ponían atención!
Conservé el trabajo durante 3 años, sin embargo, llegó un momento en la carrera, en que además de las clases teóricas, debía de hacer prácticas, por lo que ya no me daba tiempo para seguir en la clínica. No tuve más remedio que renunciar. El Doctor Córdova (amigo de mi papá) se alegro mucho de mis avances, que por supuesto el mismo iba viendo, y me ofreció regresar a la clínica cuando pudiera y quisiera.
Continúe con los estudios, la vida seguía normal, aparentemente tendría un futuro prometedor, tenía un novio que hasta donde yo pensaba, llenaba mis expectativas, mi familia estaba orgullosa de mí, en fin, todo era positivo.
Me encontraba ya casi terminando uno de los últimos semestres de la carrera y se acercaba la época navideña, cuando un día me dije: - ¿Ana, te has dado cuenta que ya prácticamente eres una profesional y nunca más volviste a pensar en los aviones? No sé por qué me acordé de ese sueño e inmediatamente tomé el teléfono y llamé a la aerolínea de mi país, con el fin de averiguar si tenían plazas vacantes. La respuesta fue lo que en todas las empresas le dicen a uno. Traiga su hoja de vida y si surge una oportunidad nos comunicaremos con usted. Así lo hice, esa misma tarde lleve mi currìculum. A los dos días me llamaron para ofrecerme una plaza como agente de tráfico.
¡Dios mío! ¿Qué hago? ¿Me tomo un semestre de vacaciones en la universidad y aplico para ese trabajo? ¿Qué dirán mis padres? ¿Es lo que quiero? – Me pregunté - Con mil razones en contra y un par a favor, decidí aplicar. Llegué a la entrevista, me hicieron exámenes, me capacitaron durante un mes, y entré a trabajar.
Mi primer día de trabajo me veía como una modelo, o así es como yo lo quiero recordar, con falda roja hasta las rodillas, camisa blanca, saco rojo, un lacito rojo que me rodeaba el cuello, zapatos altos y cerrados de color rojo con el borde blanco, medias color natural y un maquillaje discreto. Las reglas eran muy específicas con el uniforme, todas las mujeres con el pelo por debajo de las orejas, debían de llevarlo recogido, por lo que ese día opte por un moño alto.
Pasaron unos meses, y la vida en el aeropuerto se había vuelto rutinaria, ya no me excitaba el vestirme con todos los implementos rojitos que tenía, menos levantarme a las 3 de la mañana para peinarme de moño alto, en vez de eso, me levantaba a las 3:30 am y me hacia una cola de caballo, y si me levantaba de buen humor, me hacia la cola de caballo hasta arriba, para parecer una colegiala, los bordes blancos de los zapatos ya estaban negros de sucios y las camisas blancas, parecían grises. EL maquillaje discreto se había vuelto invisible pero si tenía la cola de caballo arriba (que era señal de buen humor) me ponía el primer labial que encontraba en la mesa de noche.
Un buen día, me tocó trabajar en el último turno, el único que yo en verdad detestaba, pues había que esperar a que llegara el último vuelo a las 8 de la noche, que nunca era puntual, en itinerario decía 8, pero en la realidad llegaba como a las 11. Así que se podrán imaginar la cara con maquillaje discreto que tenía a eso de las 10:00 pm, la cola de caballo parecía que eran dos, de tantos pelos que se salían del hule, y ni les digo como me olían los sobacos, un tufo a mierda era poco! A los minutos llegó el bendito vuelo que debía de recibir, así que me encaminé a la puerta del avión con un dolor de pies espantoso, ¡malditos tacones! – pensé - y cuando la puerta se abrió, aparece un sobrecargo de bajo tamaño, flaco flaco flaco, como cerilla de fosforo, más negro que blanco, de labios trompudos, y en lo que bajo los ojos para ver qué tipo de zapatos anda, veo aquellas cosas sucias y puntiagudas. ¡Uy no! Aunque sea empleada pero bien calzada! (es el dicho de mi hermana)Ya esta noche no puede ir peor –pensé – El pobre tipo advirtió que yo lo examinaba de pies a cabeza, y él hizo lo mismo conmigo, y para terminar de cagarme en la susodicha noche, me hace caras de odio!
A la puta! Solo eso me hacía falta, que este sirviente de avión me haga caras a mí, a toda una dentista en potencia, que por huevona, pareciera que es mucama de hotel. No le presté mucha atención, hice mi trabajo y me dirigí a la oficina para entregar los papeles del vuelo.
Muy tranquila y digna iba en las escaleras eléctricas, cuando volteo a ver, y va el flacucho ese, y lo peor, ni siquiera me determina! Así que lo puta en mí salió y le hablé:
- Oye y cuando ustedes vienen acá ¿salen a divertirse?
- Pues rara vez, aunque hoy tengo ganas de salir y si mis compañeros no quieren, me iré solo, a tomar una par de copas.
- Pues yo salgo en 5 minutos, si quieres paso por tu hotel y te llevo a conocer algo de la ciudad.
- En verdad? Pues me parece muy bien la idea, pasa a mi hotel, me hospedo en el “Gran Hotel”, estaré listo en 40 minutos. Me llamo Federico Angulo.
- Mucho gusto Federico, yo soy Ana. Entonces paso por ti.
¿Qué estoy haciendo? Este tipo es feo, yo tengo novio, ya es tarde. Mejor me apuro y me voy a retocar al baño y a cambiarme. – Pensé –
45 minutos después, estaba en el hotel, con pelo suelto, unos vaqueros que cargaba en el carro, sweater con cuello de tortuga y bien maquillada. En lo que aparece el flacucho del avión, en jeans, camisa negra, unas botas de punta cuadrada color negro, el pelo con gel, en fin, el flacucho espantoso, aparentaba tener buen gusto en la ropa y déjenme decirles, que se veía bien, hasta cuerpito se le veía.
Fuimos por un par de copas y terminamos en su habitación del hotel.
Pasaron las semanas y mi teléfono celular sonó.
- Alò
- ¿Ana?
- Sí
- Hola Ana! Es Federico!
- ¿Quien?
- Federico!
- ¿Cual Federico?
- Nos conocimos hace unas semanas, fuimos a tomar unas copas…
- Federico!!! ¿Cómo estas? ¡Qué sorpresa tan agradable!
- Estoy entrando al aeropuerto y me preguntaba si podíamos vernos.
- Claro, paso por ti al hotel?
- Sí, en una hora?
- Perfecto, ahí estaré.
Está demás decir que esa noche nuevamente terminamos en su habitación, con la única diferencia, que su nombre se quedaría grabado en mi mente.
Estuvimos viéndonos durante los siguientes meses, en los cuales volví a levantarme a las 3 de la mañana para ponerme mis implementos de color rojo y peinarme con moño alto, cuando sabía que Federico vendría a verme. Mi carro parecía más bien mi closet, pues tenía que vestirme linda para él.
El novio que tenía, ¿què les digo? Pues no se que será de él. Lo que si sé, es que renuncié al trabajo de la aerolínea a los 9 meses de estar ahí. No terminé mi carrera de odontología y me mude de país para estar con Federico.
Hoy en día, después de 17 años, sigo con Federico, es mi alma gemela, no me arrepiento de ninguna de las decisiones que tomé, tenemos 3 hijos preciosos y estamos esperando el cuarto. El flacucho “sirviente de avión” es el hombre más guapo que he visto y veré en mi vida, tanto por fuera como por dentro.
Me he dado cuenta, que todos mis sueños de joven, eran simples implementos que me llevarían a mi verdadero sueño. Federico.
Te amo Federico.
martes, 26 de mayo de 2009
septima entrega: cuentos de amor, jm
Por J. M. Arrivillaga
“Ruta expedita, sendero andrógeno listo para que lo caminen, para que se lo pisen” escribió en su diario mañanero.
Ese día, amaneció mojado, soñó con rubias y, sobre todo, quiso coger. Ahora lo tiene claro.
Le tomó muchas pajas y más de treinta y cinco años darse cuenta de que lo único que quiso, siempre, fue coger.
Tantas fueron sus ansias ocultas, tan incomprensibles, tan salvajes, las que lo convencieron de optar por un camino radical: el celibato.
Así, se puso a buscar y buscar instituciones que promovieran la represión sexual de sus miembros, para evadir esa parte tan característica de él, y encontró el sacerdocio católico. “Hueco no soy, entonces puede funcionarme bien” pensó repetidas veces antes de irse a “enlistar” al seminario mayor de los paulinos.
¿Por qué a ese seminario y no a otro, como el de Sololá?
Nunca lo supo, talvez fue la primera opción que le apareció. Pero ahora, luego de desatado el escándalo de los cuatro hijos mientras era obispo, mismo que lo terminó de separar de la iglesia católica romana, se le ponía difícil nuevamente la conducción de su vida y sus impulsos sexuales. Entonces pensó: “Si logro una pareja estable, deseosa de coger noche tras noche, desayuno tras desayuno y reunión de gabinete tras reunión de gabinete –porque hoy día el es el presidente de la República-, entonces lograré estar en paz”.
Y así se puso a buscar. Organizó grandes fiestas llenas de mujeres de todo tipo, desde viejas operadas hasta adolescentes putas. Pero con ninguna logró el click, la química, el gusto. Esa “ruta expedita”, el “sendero andrógeno”, continuó flácida durante todos los intentos.
Porque resulta que entre tanta cosa se hizo viejo. No tan viejo pues, pero sus cincuenta y cinco años si lo han cauto, siendo precisamente lo cauto lo que lo llevó a la presidencia. No tan cauto pues, porque se le escaparon algunos hijillos y paró en la política. Entonces no es ni tan cauto ni tan viejo, pero ya aprendió a planear un poco las cosas, a medir consecuencias.
Pero la única opción que se le ocurrió para buscar al amor de su vida fue proponérselo como tal: como la búsqueda del amor de la vida.
Decidió concluir su período presidencial e ingresar a la universidad. Analizó muy bien las carreras y se inscribió en arqueología. Consideró que le daría buenos temas de conversación y un aire aventurero, suficientes herramientas como para lanzarse al cortejo sin que su canosa apariencia interfiriera. Así podría involucrarse en la cotidianidad de más gente y no limitar su búsqueda del amor a infructuosos y viciados castings.
Mientras tanto, sacaría a Maribel del club, a quine tenía treinta años de visitar semanalmente, y la llevaría a vivir con él, para mantener moduladas las exacerbadas ansias de sexo.
Empezó a estudiar, se interesó mucho. Casi llegó a olvidar sus años en el sacerdocio y a creerse por completo su nueva vida. Ciertos días, hasta olvidó que todo esto respondía a sus lógica de resolver el resto de su vida cogiendo con una pareja estable, para lo que requería amor.
Así, terminó la carrera y se especializó en culturas caribeñas, pensando en ir para allá a buscar a su amor. Mientras tanto, se llevó a Maribel. Y el tiempo siguió pasando. Le pedían conferencias en todas partes del mundo, conocía a las mujeres más interesantes y bellas, pero no hubo forma de click.
Un día, mientras caminaba junto a Maribel por el malecón de la isla, sufrió un desmayo y tuvo que ser hospitalizado. La edad ya se ponía de manifiesto sobre su voluntad, y encerrado en el hospital contaba con menos posibilidades de encontrar al amor de su vida.
Intentó enamorarse de una doctora, de una enfermera y hasta del anestesista. Sentía que la vida se le acababa y el amor no llegaba.
Lloró mucho sobre el hombro de Maribel, y esta lo consoló hasta hartarse.
Un día amaneció solo. Se dio cuenta de que ya se había acostumbrado a su pareja por contrato, se dio cuenta de que la amaba.
Maribel nunca regresó, y las ansias de sexo en ese estado hospitalario le generaron un fulminante cáncer de próstata que en pocas semanas lo llevó a la tumba.
Al morir consiguió un juicio final sin demoras, y fue condenado a pasar la eternidad en el Club Paraíso. Al remitirlo le decomisaron sus ropas y cualquier estilo personal que tuviera.
Llegó dentro del grupo de unas quince putas recién fallecidas y al nomás cruzar el umbral, sintió una extraña erección que le señalaba una nubecilla cercana, desde la que Maribel, suicidada unas semanas antes, lo llamaba con el más sensual de sus estilos.
Mientras, en la tierra, un enfermero leía las últimas palabras del diario mañanero del difunto: “Siento el extraño sendero andrógeno ya no como una ruta expedita”.
viernes, 22 de mayo de 2009
sexta entrea: seduccion, pr
Por Pablo Robledo
Ya es más de la media noche y esta noche hace frio. Al salir al balcón me recibe una ráfaga de viento. La ciudad ruge. Recibo una bocanada de smog fresco y como si fuera poco me enciendo un cigarro. Una resequedad se forma en mi garganta a la vez que exhalo.
Adentro yace dormida una mujer, envuelta en sabanas blancas. Duerme de lado y enseña una de sus piernas. Y esos hermosos pies. Una abundante cabellera castaña y ondulada se posa sobre sus hombros y espalda. Su cuerpo desnudo se encoje al sentir el viento que entra por las rendijas de la puerta. Cambia de posición, guarda la pierna, pero en cambio muestra su rostro a la pálida luz que se cuela por la ventana. Sus labios están entreabiertos, como esperando un beso.
Fue toda una casualidad. Me encontraba de pie frente al escaparate de una librería ojeando los títulos y sobretodo matando un poco de tiempo. Libros de cocina, arte monumental egipcio, el Quijote y el Kamasutra. Vi su figura reflejada por la vitrina distrayendo mi atención para voltear y capturar su mirada infraganti. Sin titubear me sonrió, pero no se detuvo, ni aminoro el paso. El capturado fui yo.
Me tomo un par de segundos reaccionar y sin saber porque, la seguí. Atravezamos la parte vieja de la ciudad de Zúrich, cerca de la Grössmunster. Es fin de semana, todos aquí quieren algo de acción y ya hay algunos borrachos. A la altura de Scheitergasse la gente camina entre locales y por un rato parecen hablar una lengua que ya no entiendo o que no me interesa comprender. Noto que otros hombres la observan.
No es particularmente especial pero solo una diosa pisa el suelo con elegante humildad. El contoneo de sus caderas y la seguridad que da a cada paso hacen parecer que el mundo le pertenece. A veces se detiene a preguntar algo pero parece no encontrar respuesta. Los consultados enmudecen. Ella lo sabe, sonríe y los deja.
Por Oberdorfstrasse, finalmente entra en un bar. La sigo de cerca y me detengo un par de segundos antes de entrar para verla a través del cristal de la puerta. Camina directo a la barra. Mientras pide una cerveza me siento junto a ella. Tomo su mano y la pongo sobre mis genitales al momento que susurro en su oído “mira como me tienes”. Reaccione ante mi impulso y espere cachetada pero en su lugar me devolvió una sonrisa y me dijo “Salgamos de aquí”.
Cinco minutos más tarde nos encontrábamos sobre la Rämistrasse tomando un taxi de vuelta a mi apartamento en Goldbrunen platz. Atravesamos Limatt envueltos en luces pasajeras reflejando tintineantes en el lago y besos, bajo los ojos espías del conductor. A la altura de Burkiplatz mis manos ya habían encontrado camino bajo sus bragas. El conductor se pone nervioso pero no dice nada. Ella lo nota y me dice que soy exhibicionista, susurra su risa y luego me besa el labio inferior.
Cuando finalmente llegamos le pregunto al conductor cuanto le debo pero sonríe a manera de cómplice y me dice “no te preocupes te lo mereces”. No me da tiempo a darle las gracias, ella me toma de la mano y me atrae hacia su cintura. Ya no tengo frio y el invierno parece haberse esfumado y con él, el recuerdo de cómo llegamos hasta la habitación.
Me acosté con su sonrisa y su mirada picara. La textura de sus caderas, el sabor de sus pezones. Adore su olor y lamer la esencia de este. El sonido de su voz mientras dice Oh Gott me hizo sentir justamente eso, que Dios existe y que somos los dos. Y luego sus besos. Sus suaves besos en mi labio inferior abrazando el cielo porque los ángeles existen en ese momento y en el instante en que aprieta mis manos sobre sus nalgas pidiéndome más. Ella es fuego y yo soy agua que se evapora. Un sonido que se pierde en un hilo en la perfección de la nada. Una nada que se convierte en un todo. Todo, absolutamente todo.
La chica duerme plácidamente. El vaho que sale de mi boca ha empañado el vidrio de la ventana. Desde aquí, luces rojas y amarillas a un ritmo intermitente. Ignoro la señal. Es demasiado tarde.
Ella se llama Laura y yo, soy un esclavo.
miércoles, 20 de mayo de 2009
sexta entrea: seduccion, qm
El polvo
Por Quique Martinez Lee
Al fin era la noche del 15. Dulce pegó en el cuadrito del almanaque un corazón. El primero del mes salió a comprar los ingredientes y, de pura casualidad, el tercer mudo que se subió en la ruta de la camioneta se paró a vender los cartoncitos y no hubiera podido ser más oportuno. Al principio pensó que era uno de tantos aspirantes a sordos que se encaramaban a dejar una bolsita con alguna tontera y un papelito que decía “Denme dinero”. Pero, justo antes de que pasara de regreso para ver quién había caído, se dio cuenta de que dentro del plastiquito venía un cartón con quince corazones de colores. “Ráscame” decían todos, y cuando Dulce lo hizo sobre uno color rojo, éste sacó un olorcito a Toki de fresa. Era un mensaje del destino. Ella iba con una blusa roja, su fruta favorita era la fresa y justamente faltaban quince días para que llegara la luna llena. Sacó un billete de a cinco y de paso le quedaba sencillo para el regreso. El mudo le sonrió al darle el vuelto.
Ese día, el primero, había pedido permiso en la farmacia donde trabajaba para salir temprano con la excusa de ir a cobrar el cheque de pago mensual. Lo cual hizo, en efecto, pero la verdadera misión vendría después. Entonces tomó la camioneta donde compró los corazones, y se bajó una cuadra antes del mercado para pasar comprando algo de comer y caminar hasta la tienda “Santa Marta la Dominadora”. Dos días antes, al regresar de misa, porque el primero cayó martes, caminó despacio para que sus amigas no se dieran cuenta que se iba quedando atrás. Entonces fue fácil despistarlas para entrar a la misma tienda y preguntar si ya había llegado su receta. La bruja, una señora cuyo atributo especial era que estaba demasiado maquillada, le dio una lista con ingredientes que Dulce ojeó rápidamente para poder salir y alcanzar al grupo de amigas. Ya regresaría más tranquila cuando le pagaran.
Y bueno, le pagaron dos días después, el martes, y entonces entró con el plastiquito con corazones en una mano y una bolsa de rábanos con pepita en la otra. La misma señora salió a atender después que sonara un “ding dong” electrónico activado por el paso de la clienta. Traía, literalmente, la misma cara, tanto que Dulce se preguntó si la doña se quitaba el maquillaje o simplemente se iba poniendo capa tras capa conforme se acordaba y dormía boca arriba con mucho cuidado para que no se le cayera. Le dio el listado, y la mujer empezó a moverse familiarmente entre estanterías, gavetas, velas y frasquitos con etiquetas de colores. Fue agarrando y poniendo en una bolsa sobre el mostrador varias cosas y, luego de decirle a Dulce que pasara a pagar a la caja para que ahí le entregaran el producto, desapareció tras una cortina.
La caja era un vidrio polarizado con un agujero y un letrero arriba. Pagó y reconoció la mano de la misma vieja que la atendió detrás del hoyo recibiéndole los billetes acabados de salir del banco. Esperó a llegar a la privacidad de su cuarto para abrir el contenido de la bolsa. Venían varios frascos, una lima, y un papel enrollado y cubierto por celofán. Repasó entonces la receta que le habían dado dos días antes, puso el primer corazón en el almanaque (el de fresa que ya había rascado) y se echó a suspirar y a pensar en la cama.
El 15 en la noche, después de poner el último corazón, color morado, lo rascó y acercó la nariz para disfrutar el olor a Grapette. Luego sacó el paquetito y la receta y leyó las letras cursivas:
“En una noche de luna llena
Límate las uñas de la mano derecha
Y las del pie derecho.
Agrégale polvo Dominante,
Polvo Sostén y Agarre
Y Polvo Culebrón”
Puso un platito blanco y “sin diseño”, como lo especificaban más adelante las instrucciones, y ahí fue haciendo la mezcla. El polvo más fácil de identificar era el Culebrón, porque tenía en la etiqueta el dibujo de una gran serpiente enrollando a dos enamorados desnudos flotando en las nubes. El dibujo del polvo Dominante era una mujer de oficina, seguramente una alta ejecutiva, parada en una calle con traje sastre y las manos en la cintura y al frente dos tipos adorándola de rodillas. El polvo Sostén y Agarre era algo más abstracto, porque era una rueda de colores con rayos y estrellas alrededor. Se limó bien las uñas hasta dejárselas bien cortitas para que abundara el menjurje y luego de revolverlo con una cucharita de café siguió leyendo. El siguiente paso era escribir su nombre en un pergamino con tinta de sangre de paloma, quemarlo y agregar la ceniza a la mezcla, ligar rápidamente todo y conjurar:
“Con este encantamiento
voy dominado cada átomo de mi cuerpo
y desde hoy en adelante se acercará el amor que yo deseo
por que te conjuro por el poder de los astros,
por el poder de la luna y por el poder del sol
a través de esta tu esencia
que te permite que te acerques a mí”
Ya estaba completa la primera parte del hechizo, la siguiente se llevaría a cabo el día siguiente para observar “resultados inmediatos”.
El 16, siguiendo la receta, tenía que vestirse de negro. Como casi nunca se ponía ese color lo único que encontró fue un vestido de fiesta, que para su desgracia le quedaba muy apretado, y cuando se subió el zipper se pasó trabando con una lentejuela y se rompió, dejando al descubierto los broches traseros del brassiere. Tanto había esperado para que diera ese día que decidió salir de la casa ya con la bata blanca, que era el uniforme de la farmacia y que igual y le tapaba el pedazo. Tomó la mezcla, vertió el polvo dentro de su zapato izquierdo, y salió cojeando a trabajar.
El día lo pasó entre una picazón de pie crónica y una espera incansable. Cada hombre que pasaba por la puerta de la farmacia podía ser “el amor que ella deseaba”. El señor de bigote que compró los supositorios para la fiebre. El joven de gorra que se llevó las cápsulas antigripales para la noche. El ranchero rubio de sombrero que discretamente pidió los antidiarreicos. A todos les dedicaba un tiempo extra, una sonrisa de más, una caída de ojos, pero ninguno pasaba de una simple transacción de compra y venta. Llegó la hora de cerrar, ayudó a bajar la persiana del negocio y se dirigió a su casa, todavía existía la posibilidad de encontrarse a alguien en el camino, pero ni siquiera la voltearon a ver. Esa noche Dulce apenas pudo dormir sollozando entre el olor de quince corazones frutales y el escozor que el mentado polvo le dejó.
El siguiente domingo, el 20, otra vez se quedó atrás del grupo de amigas y entró de nuevo a “Santa Marta La Dominadora”. Iba decidida a tener su dinero de regreso o sacarle la madre a la vieja mal pintada. Pero cuando entró no estaba la misma mujer, sino un hombre moreno, alto y muy huesudo, igual de viejo que la otra y Dulce hubiera jurado que también estaba maquillado. Le explicó, entonces, lo sucedido, cómo había seguido las instrucciones y no había conseguido ni “resultados inmediatos” ni resultados después. El hombre, la miraba solamente con unos ojitos pequeñitos debajo de los huesos de las cejas, echándole vistazos al papel de la receta.
-Ya se qué pasó –le dijo dirigiéndose a un lado del local después de pensar un rato- usted tiene un almanaque mal marcado, la mayoría de imprentas usan un machote sacado de los gringos y ellos no saben nada de cosas esotéricas. Las fases de la luna se expresan generalmente en horas del meridiano de Greenwich, y por eso de la rotación la hora del punto pico de la luna llena, que es a lo que hay que hacerle caso, cambia dependiendo del lugar de la tierra en que se encuentre. Aquí estoy viendo –agregó sacando un calendario en forma de círculo que se rotaba para que aparecieran las fechas y los dibujos de las lunas en un cuadrito- que la mera mera luna llena no fue el 15, sino el 14, y ahí ya tenemos todo un problema.
Era lógico e increíble a la vez cómo una pequeña equivocación de los gringos podía arruinar toda la espera y trabajo de una persona. Solventado el asunto de la fecha, no había otra cosa qué hacer, la devolución del dinero no aplicaba porque el error había sido provocado por causas externas. Pero, si Dulce lo prefería, podía comprar el “Calendario de lunas de las Brujas Wicca” y otro paquete para poder realizar el conjuro nuevamente.
-Ahora sí tengo todo lo que necesitaba -pensaba Dulce mientras revisaba la bolsa, sin sacar el contenido, cuando iba en la camioneta de regreso. En eso se subió una señora a vender cortauñas y fue ahí que se dio cuenta que al huesudo ese se le había olvidado meterle otra lima. Seguramente él pensó que ella conservaba la anterior pero a saber dónde la había metido. Por suerte el cortaúñas que llevaba la vendedora, según lo iba explicando y demostrando eficientemente, tenía una magnífica lima metálica asegurada a durar para siempre. Este sí que era un mensaje del destino, tenía que ser.