martes, 19 de mayo de 2009

sexta entrega: seducción, iz

Barquito de papel

Por Isabel Zuleta

No es que los encuentros se den porque uno ande buscándolos, más bien es que uno quiere creer que es el azar, estar mutuamente inconscientes de sus existencias y luego caen sobre una curveada y atractiva espalda desde la nuca hasta el coxis, al mismo ritmo, moléculas a las que unen puentes, pero no de circunstancias, de amor romántico o confluente, de azar, ocio o consecuencia sino Puentes de Hidrógeno.

Atracción. A Camila le habían atraído varios y diferentes. Con Pablito, por ejemplo, fue una atracción abierta, desbordada, saturante y tediosamente obvia (Recordar era como un manjar para disfrutar y jactarse de variedad) Hubo otros juegos consecuencia del ocio, casuales y descomplicadas. El chef tanto menor que ella, que a propósito había visto hacía dos o tres semanas con un peso de más magistral y profesionalmente ganado, una lástima o gajes del oficio…En fin, en este caso fue más bien vivo, intenso, efímero y muy bello, lo único malo es que quizás aún no estaba tan seguro de su mano culinaria y calculadora, por lo tanto le cocinó muy poco y nada que ella no pudiese hacer al menos igual y con menos adornos. Por arriba, en medio o zigzagueantes aparecían otros que se hacían los que no querían y al final el exceso de insistencia resultaba tedioso. Algunos no querían, en serio, y bueno como dice la premisa repetida en tan variadas bocas y oficios “de todo hay en la viña del señor”.

Duraderas guardaditas; circunstancialmente reprimidas y casi siempre mutuas, no obstante prácticamente ilegales e inevitable caer en el crimen. De las mejores, el chile en la salsa, la mordida en un beso. Causantes de las más deliciosas perfidias.

Eran incontables las que podían existir, pero en su experiencia personal no eran muchos mas significativos e inspiradores. Comenzaron a agobiar su mente, a acumular en su vientre una memoria sensorial muscular. Tocó su abdomen, sus senos y cuando se acercaba al centro sensorial femenino, que ya estaba espectando sonó el teléfono. Una voz grave y dulce que no cambiaba de tono y era constante en su zumbido inconfundible, tentador y femenino, del otro lado; pero ya los poros de su piel estaban tan dispuestos que de inmediato la voz se sentó a su lado, junto al cojín café. La imagino ponerlo entre sus piernas y jugar con los hilos y las trenzas colgados de las cuatro esquinas mientras hablaba:

-¿Camila? ¿Cómo estás guapa?

-Aquí recordando cosas pero dime ¿Hay plan?

-Nadie se reportó pero yo estoy con ganas…

Risas cómplices.

-¿De qué Fabiola?

-No sé todavía ¿Pero tú qué quieres hacer?

Las manos le empezaron a sudar, porque justo después de los recuerdos varios Fabiola le había venido al presente y ella no había dejado de recorrer su piel y estaba a punto de admitirse –en sus diálogos internos- una nueva atracción que la tenía sorprendida de si misma. –Yo también quiero descubrir de que tengo ganas, hoy estuve recordando unas ganas vencidas y consumadas pero en fin ¿Quieres venir a casa?

-Nos vemos en un rato y llevo una pócima que nos de claridad de voluntad.

Más risas cómplices. Esa complicidad femenina, maliciosa, envidiosa a veces; una comunicación insonora que emanan por los ojos con cada beso de bienvenida, cada abrazo amistoso, cada llorada mentira sospechas. Fabiola y Camila se gustaban hace algún tiempo, digo algún como para dejar sugerido que el comienzo de las atracciones es tan paulatino como repentino y las sensaciones de las partes pueden ser a destiempo. Ellas ya hasta se coqueteaban y les salía natural, cuestión de confianza.

Fue la pócima, el pasado de ambas; quesos dulces. Lo que iban encontrando y escuchando. Bellas sonrisas que parecían ensayadas. Los dedos entre los cabellos castaños o negros, no necesariamente los que correspondían al cerebro que los manipulaba. La misma situación, es decir, era la primera vez que estaban en tal situación, poco convencional para ambas o mejor dicho nunca convencional. Sin embargo, tampoco vale la pena etiquetarse por el comienzo de semejante circunstancia que se traducía en un placer curioso morboso. La amistad suele ser una ventaja.

Humedecer los labios, hacer girar el vaso, dejar que los ojos se llenen de luz creyendo que viene del foco, mas viene de la lubricación generalizada corporal. La cercanía con excusa de ebriedad el cuerpo dibuja curvas en las circunstancias, se abalanza en vaivén, barquito de papel débil y húmedo el agua es humo o vacío amarillo nocturno. Fabiola le hizo una trenza a Camila, al contrario luego rió abrió cambió de juego. Jugaron con el pudor de dos infantas solas en el salón del prekinder. No le iban a decir a nadie, porque no era cuestión de formalizar o declarar. Pero algo había en la mañana, un silencio solemne, hasta paz. Sus cuerpos con resaca de goce y aliviados. Estaban rozagantes, más hermosas. Los pasos en las escaleras sonaron rítmicos y un “nos vemos” hizo eco.

viernes, 15 de mayo de 2009

tercera entrega, comida: la

La sorpresa

Por León Aguilera


La veía pasar, iba y venía sin detenerse, sólo paraba para atender las mesas. Que otro tarro, que una chela, que otro par de copas o la cuenta, “¡ah la gran vos, mirá!, ¿todo eso consumimos?”. Por fin, en mi mesa alguien pidió alitas de pollo para acompañar a nuestro veintiúnico tarro, que parecía interminable. Tardaban en llegar pero mientras, pasaba ella enfrente una y otra vez. Era menuda, delgada, de pelo largo, pies y manos pequeños y amplia sonrisa. No usaba maquillaje. No era bonita, pero tenía un aire atractivo. Me veía de reojo cada vez que pasaba, bajaba un poco la cabeza y sonreía. Sabía muy bien que esa combinación de shorts y camiseta ultraapretada y ultraescotada la hacía verse exquisita. Pasaba, se detenía un instante frente a mi mesa y reanudaba la marcha a toda velocidad, como si el tiempo se le fuera a terminar. Al fin de las cansadas llegaron las tales alitas, doradas, como su piel, pero para nada tan tersas. Eso sí, igual de crujientes, así la imaginaba. Cuando se iba, caminando rápido, los shortsitos se le subían un poquito más. Entonces, la parte del muslo que se une con la nalga parecía el doblez de la alita, ofreciéndose para ser devorado. Al morderlo sentía como si la envoltura de barbacoa fuera el uniforme de la chica. Eran como ella, oscuras por encima, blancas por debajo, suaves, pero firmes, exquisitas, deliciosas pero potencialmente intoxicantes. La noche seguía su curso, la chica seguía pasando y el deseo me inflamaba cada vez más. Por fin tomé la decisión: la esperaría fuera, en el carro. Procedí a afilarme los colmillos, esconderme bien las garras, usar colirio para ocultar los ojos rojos y aplicarme un poco de perfume para disfrazar los hedores del día. Y listo. Listo para seducirla como todo buen macho. El aire nocturno era pesado, caliente, a pesar de que las luces ámbar mitigaban un poco ese ambiente. Bajé del auto, para sorprenderla, para que me viera al lado de mi flamante nave. Dieron las 12:00 en punto. Un rato después salió vestida de civil, aún más seductora que con el uniforme. Vio hacia donde la esperaba, según yo, y su rostro se iluminó con una sonrisa inocente, de gran alegría. Sí me pregunté por qué, si al fin de cuentas no la conocía. La respuesta fue una bruta sorpresa. Otra chica, salida de la nada, de la noche, la asió por la cintura, le besó el cuello y enrolló su brazo con el de ella a la vez que inclinaba la cabeza hacia su hombro. Después, retozando, se fueron a un parte del parqueo imposible de ver desde donde me encontraba. No tuve opción, encendí la nave y enfilé hacia La Antigua por la Roosevelt. Tal vez eran muy grasosas o estaban mal preparadas, el asunto es que la alitas me cayeron mal, me cayeron de patada.

jueves, 14 de mayo de 2009

cuarta entrega: infatiles cn

Payo

Por Claudia Navas

Mi abuelo es un viejo, un viejo pelón que huele raro.
Mi abuelo siempre lleva una cámara de fotos, siempre me lleva con él al correo y sube las gradas y busca en una caja que tiene llave muchas revistas y sobres.
Mi abuelo se la pasa en el jardín de la casa sembrando semillas, cuando se da la vuelta yo las saco con los dedos y las guardo en la bolsa de mi pantalón, cuando pasan los días se rasca la cabeza, no entiende porque no nacen los vegetales, yo me río.
Mi abuelo lee mucho, siempre tiene un libro con él, cuando se duerme se le cae de las manos, y los lentes se le resbalan por la nariz respingada.
Mi abuelo es muy religioso, se bautiza cada cierto tiempo en una iglesia distinta, a mi me gusta, me compran ropa nueva cuando esto ocurre y mi papá nos lleva a comer a un lugar diferente.
Mi abuelo está loco, mi papá lo quiere más que a nadie, no, más que a nadie no, me quiere más a mí.
Mi abuelo vive con nosotros, yo preferiría que mi abuela viviera en la casa, yo soy como ella, pero ella no llega cuando él está ahí.
Mi abuelo me lleva al circo y al zoológico, me compra algodones y chupetes duros.
Mi abuelo tiene una amiga en el circo, yo lo vi hablando con ella, ella es muy pobre, sus medias están rotas y vive en un carro junto al circo y los animales, ella es linda, pero ha de llorar mucho, porque la pintura de los ojos le mancha más allá de los párpados.
Mi abuelo es un tipo extraño, es viejo, ronca y abraza fuerte.
Yo no lo se aún, pero dentro de algunos años voy a parecerme mucho a él, aunque ahora no me guste.
Mi abuelo es un viejo, un viejo pelón, que huele raro.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Urgen temas y para otras cosas

Creo que necesitamos más propuestas de tema para poder abrir la encuesta para el lunes 25. Por cierto, no se quien ha votado las últiomas dos veces cuando en el título de la encuesta dice claramente No votar todavia... Si sólo es uno lo puedo arreglar, pero mejor que se aguanten hasta que diga "Voten Pues" o "Voten ya".

quinta entrega: El Extranjero, if

Entre el sueño y la esperanza
Por Ivonne Flores

"Paladium, tenis para campeones te ivita a participar en el concurso "Todos por Africa". Solo compra tus tenis Paladium y busca el cuestionario en el interior de la caja, contéstalo correctamente y envíalo a nuestras oficinas. Si resultas sorteado ganarás un safari en Kenia para dos personas con todos los gastos pagados. Apresúrate, usa Paladium y sé un ganador".

Repetí por enésima vez en mi cabeza el comercial de televisión que había visto unas semanas antes, mientras compraba una bolsa de chicles para revenderlos luego en las calles. Quería juntar lo más rápido posible el dinero que me faltaba para comprar mis Paladium.

Mi mamá etaba muy contenta por mi cambio de conducta desde que empezó el ciclo escolar porque mis notas eran perfectas y porque últimamente empecé a ayudar a los vecinos a limpiar sus jardines a cambio de unas monedas, además de mi negocio de chicles. -Ernestito es el ñejor de los hijos, tan estudioso, tan responsable y buscándose su independencia- decía mi mamá con cierto orgullo. Pero ella no sabía que todo eso era producto de mis sueños secretos, de Eva.

Eva era mi maestra de cuarto grado. Desde el primer momento en que la ví entendí que la belleza del mundo emanaba de sus cabellos negros, de sus palabras precisas, de sus hombros redondos que no sé por qué me daban tantas ganas de morder despacito. Cada día en la escuela mi atención estaba fija en ella. Yo absorbía cada una de sus palabras y de sus movimientos y me regocijaba con su risa de lluvia. Eva me decía que yo era un niño muy tímido y callado pero yo no era tímido, yo era suyo. Por eso resultaba tan fácil tener buenas notas: la extensidad de mi mente estaba ocupada por ella.

Cuando vi aquél comercial de televisión fué una revelación para mí, entonces comencé a trabajar para mis vecinos, a vender chicles y a rezar y rezar cada noche para reunir dinero para comprar mis Paladium. Aunque nadie me había enseñado a creer en ningún dios, aquellos días fueron de fé y milagros. El dinero que me faltaba lo conseguí cuando se me cayó el último diente por mudar. Corrí a comprar mis tenis, los saqué de la caja, encontré el cuestionario e hice un plan: Le pediría a Eva que me ayudara a contestarlo, pero como yo sabía que en cuanto la viera no podría hablarle con fluidez, le escribí una carta donde además de perdirle su ayuda le propuse ir conmigo a Kenia si yo ganaba el concurso.

Salí corriendo a su casa. Esa tarde llovía y mi única preocupación era que no se mojara mi carta, su carta. Cuando llegué deslicé el sobre bajo su puerta, toqué y salí huyendo tan apresurado que casi me atropella un coche amarillo que se estacionaba frente a la casa de Eva. No me detuve seguí corriendo y así empapado de lluvia me metí en mi cama. Pasé la noche más larga de mi vida preguntándome cosas como: "¿Verá Eva la carta?, ¿Entenderá mi letra?, ¿Será que se me olvidó poner mi nombre?, ¿Que tal si piensa que es una broma?, ¿Y si se enoja?, ¿Y si no quiere?, ¿Y si le dan miedo los leones?..."

El día siguiente estuve angustiado y ausente, por primera vez no entendía lo que decía Eva. No comí durante el descanso y todo el tiempo tuve la sensación de vomitar. Un poco antes de que sonara el timbre que anunciaba la salida de clases de aquel viernes, frente a todo el grupo Eva me miró detenidamente y me dijo: " Ernesto, te espero el domingo en la mañana en mi casa para que resolvamos el cuestionario." Primero sentí un impacto tremendo, una patada de alegría en el estómago luego vértigo. Alguna chica curiosa de una fila de atrás preguntó:

-¿Que cuestionario maestra?-

-Es que Ernesto y yo estamos planeando un viaje al extranjero.-Contestó.

Sonó el timbre y salimos de clases. Esa tarde no cabía en mí de felicidad, hice y deshice una lista de cosas que nos podrían servir en Kenia para el Safari: cepillos dentales, chocolates aunque si hacía mucho calor se podrían derretir, binoculares, sopas instantáneas, repelente de insectos, tal vez algún libro de poemas...

Por la noche soñé mucho, intensamente: Eva montada en un elefante, Eva asustada por los leones, Eva mojando sus pies en un charco, Eva durmiendo junto a mí bajo el cielo africano, mis labios besando a Eva...Al otro día desperté sintiendome hombre.

El sábado mis pensamientos fueron todos para ella. Sus palabras seguían zumbando en mi mente como abejas haciendo miel en mi cabeza y esa noche no dormí esperando la siguiente mañana para verla, para adorar otra vez sus ojos.

El domingo muy temprano salté de la cama, me puse mi mejor ropa y por supuesto mis tenis Paladium. En cuanto fué posible me fuí a su casa sin correr para no estropear mi cabello que había peinado cuidadosamente de raya de lado. Mi corazón latía tan fuerte que casi no podía respirar, llegué a su casa y toqué a la puerta. Mientras esperaba me di cuenta de que mis ojos no podían enfocar bien, sentía que todas las cosas danzaban a mi alrededor y el tiempo transcurría increíblemente lento. Volví a tocar dos tres, cuatro, cien veces más. Me quedé ahí mucho tiempo sin saber qué hacer luego desconsolado me fuí llorando a mi casa.

Al día siguiente en la escuela esperaba verla, seguramente me diría que todo estaba bien y que había tenido algo imprevisto que hacer. Pero Eva no llegó. En el salón todos nos preguntábamos por ella hasta que llegó otra maestra y nos dijo que Eva no vendría más porque había decidido de pronto irse a vivir a otra ciudad con su novio. Lo último que se supo de ella es que él se la había llevado muy lejos en su coche amarillo.

martes, 12 de mayo de 2009

quinta entrega: El Extranjero, qm

La hielerita

Por Quique Martínez Lee


A Maria Teresa le llamó la atención el “Gringo” desde la primera vez que lo vio. No fue una cosa exagerada, sino más bien como una curiosidad acentuada. Era común ver pasar turistas en la calle, igual y éste no se diferenciaba mucho de los otros. Cabello medio largo, aunque no a propósito, sino como que esperaba regresar a su tierra para cortárselo y ya hacia algún tiempo de que había salido de ella. No rubio, pero lo suficientemente claro como para que en el pueblo le dijeran “canchito”. Pantalón flojo de algún color polvo, más por lo percudido y sucio, con muchas bolsas para meter quién sabe qué. Morralito y chancletas que somataba medio arrastrando los pies por la banqueta. Los carcañales blancos, resecos y pellejudos de callos contrastando lo suave de su cara sin arrugas y pelitos dorados. La cuestión fue, y era por lo que le llamó la atención a Maria Teresa, que el Gringo este andaba siempre aparte con una hielerita roja.

-¿Y para qué chingados querrá el Gringo ese la hielerita? –se preguntaba. Pero igual después se le olvidaba, porque no era que le hubiera impresionado tanto así. De todas maneras al día siguiente pasaba el canchito como desentendido otra vez enfrente y otra vez le entraba la curiosidad.

Y digo así “como desentendido” porque bien que algo se traía, porque desde el primer día que pasó se dio cuenta, no de Maria Teresa, sino de su puesto. Porque ella tenía una mesita así armada en la calle, cerca del mercado, donde vendía cosas típicas. Y pasó entonces viendo qué era aquello tan bonito, lleno de gente, con su mantel estampado de peras y manzanas y uvas, y sus palanganas gigantes de plástico brillante que escondían entre un montón de trapos de bordados de colores algo que emanaba humo y un aroma cada vez que levantaba el plástico o la tapadera que lo cubría. Y pasaba el Gringo con su hielerita de ida en la mañana, cuando estaba Maria Teresa sirviendo el atol de plátano, con un cucharón de peltre agarraba la medida y luego echaba ese líquido espeso y amarillo que olía a rapadura. Y venía de regreso en la noche, cuando ya había encendido las candelas que ponía en botellas de Coca Cola llenas de cera y estaba adornando las tostadas con perejil picado y cebolla en rodajas y espolvoreaba con los dedos el queso seco desde arriba y el Gringo miraba con su hielerita como caía en el guacamol y en la remolacha y en la mitad de salsa y la mitad de frijol, pero no se animaba.

No se animaba pero pasaba despacito y miraba como de reojo, seguro se le hacía agua la boca. Despacito y hacía como que se le había trabado la chancleta, y se hincaba en la calle y se quedaba oyendo. Y repetía en la cabeza el nombre de la comida y practicaba y practicaba. Hasta que una noche, cuando venía de regreso, agarró valor. Y pasó. Y puso en el piso la hielerita roja y dijo en un español repracticado que quería una doblada por favor. Pero el problema no era el nombre de la doblada porque el canchito no sabía cuál de todas las cosas que allí servían se llamaba doblada. Sino el problema vino cuando le preguntaron las opciones: que si de carne, que si de pollo, que si de papa, que si con repollo, que si con curtido, que si con todo. Y el pobre Gringo al azar fue respondiendo que sí que no porque no entendía y al final Maria Teresa le sirvió una doblada de carne sin repollo pero con un montón de chile y todos en la mesa lo miraban.

Cuando el Gringo levantó el platito de plástico con el dibujo de un conejito dándole un tulipán a un ratón, todos con ansiedad sentían que ellos lo estaban haciendo. ¡Qué chistoso era ver a un gringuito comiendo dobladas! El canche agarró con una mano un extremo de la doblada y ¡huy! que se le rompe la punta y se le queda en los dedos. Y qué emoción la de todos viendo cómo se saboreaba el gringo la dobladita, y agarra la puntita y la moja en la salsita y todos abren la boca como cuando uno le da de comer a un bebé y uno siente que es uno el que está comiendo. Y aaaaah que se mete el pedacito embadurnado de chile.

El pobre canche empezó a cambiar de color. Primero se puso rosado, empezó a hacerse el machito y seguía masticando. Tanto quería su doblada que no había tenido tiempo de pedir de tomar. Y como todos lo miraban no decía nada. Y luego tenía más color en las orejas, y sentía que los oídos se le destapaban. Y los ojos le empezaron a llorar y el pobrecito rumiaba el pedacito de doblada temiendo tragársela. Los demás en la mesa se aguantaban y se aguantaban hasta que la Marisol suelta la carcajada. La soltó sabrosa como un estornudo que se ha perdido varias veces, y dicen todos atrás a reirse. Y la Maria Teresa que se va poniendo como la chingada.

-Bueno partida de imbéciles, mejor dejen de reirse y ayúdenlo –les gritó enojada pasándole un vaso de agua shuca con la que lavaba los trastos y el Gringo que ya no podía fingir más hombría casi se la arrebata y agarra el vasito de flores como que viniera del desierto hasta el fondo entre las burlas de todos. Sólo pudo respirar de nuevo y el canche sacó de la billetera típica el billete más grande que tenía para no esperar el vuelto, agarró su hielerita bajo el brazo y se fue muy digno él caminando chancleteando la banqueta.

Pasaron los días, y el gringo como que agarraba otro camino para no pasar frente a María Teresa. Pero igual y ella ni se acordaba, como el canchito no era tema. Pero un día estaba sentada en su casa, era sábado, me acuerdo, porque había hecho tamales. Viendo a Don Francisco. Alistándose para ir a poner el puesto de la noche. Cuando le tocan el timbre y ¡zas! que era el gringo. Con su hielerita por supuesto.

-Buenas tardes –dice con esa voz que sólo se había oído cuando pidió la doblada. El español era medio cortado, de plano que tenía acento extranjero porque en primer lugar era extranjero. Pero tenía como un castellano aprendido en España, porque hacía diferencia entre las ces y las zetas y hacía como el cantadito de Corazón Corazón. Bueno, le dice buenas tardes, y Maria Teresa le contesta igual. Que cómo está y parece que el canchito no se acordaba de María Teresa o se estaba haciendo el loco por el clavo que pasó con la mentada doblada. Que si podía pasar adelante.

Resulta que el Gringo trabajaba en una ONG que le dicen. Parece que estaba haciendo un estudio de nutrición o algo así, igual y no tenía muy buen español y no se le entendía o usaba palabras muy complicadas que la Maria Teresa no ponía mucha atención, y estaba recogiendo muestras.

-¿De qué? –pregunta María Teresa.

-De heces –le contesta.

¿Que de qué? Y viene el Gringo y le dice a la María Teresa que andaba de casa en casa pidiendo muestras de popó para hacer unas pruebas de un estudio. ¡Muestras de caca! Y le pide a la María Teresa que le de una. Y la pobre no hallaba ni qué hacer, ni qué cara poner. Porque abre el hombre la hielerita y saca un frasquito de vidrio como de compota, y supuestamente tenía que agarrar mierda con una paletita y echar unas dos cucharadas. Y qué le decía la mujer, si la agarró de la nada. Ella allí distraída y pasa un hombre pidiéndole que cague en un frasco.

Entonces María Teresa agarra el frasco y se va para adentro, pero en vez de ir al baño se va a la cocina, que igual y quedaba a la par, no era casa muy grande. Y empieza a ponerse roja, primero de vergüenza, luego de enojo. Y los ojos le empezaron a llorar de las ganas de agarrar al gringo ese del cogote. Luego se sintió vulnerable, más humillada que cuando le bajaron el pants en la primaria en la clase de física enfrente de todos. Entonces se echó a llorar.

De repente entra el Carlitos, su hijo, y la ve llorando, y le pregunta que qué le pasaba. Ella sin decir nada se voltea, agarra el frasco, lo destapa y se va a la estufa y agarra una cuchara y empieza a echar chile. Dos cucharadas.

-Andá allá afuera y llevale el frasco este al Gringo que está esperando allá afuera. Decile que eche esto en la hielerita y que se lo lleve y se lo restriegue por donde mejor le caiga. ¡A ver quién lo va a defender la próxima vez que se enchile!

lunes, 11 de mayo de 2009

quinta entrega: El Extranjero, le

El extranjero reload

Por Lucía Escobar

- Imagínate. Me dijo, saturando de humo canabico la habitación. Es de esos imbeciles que nunca terminaron de leer El extranjero ni porque era lectura obligatoria del colegio.

Vi como sus ojos almendrados se dirigieron justo al enjambre de estudiantes que pasaban bajo el balcón. Deseé con todas mis fuerzas que ya fuera una realidad el Internet en los lentes de contacto para encontrar en la red la respuesta perfecta para contestarle sin titubeos.

- Recuerda que el existencialismo de Camus solo es el reflejo de la descomposición social y el absurdo que nos rodea, eso hubiera contestado con tono erudito de haber contado con cinco segundos para googlear “El Extranjero” El tiempo justo que utilice para buscar con la mirada un cenicero, tirar las cenizas del porro y decir la tremenda estupidez que en realidad salio de mi boca:

- Que inculto, con lo fácil que se lee, yo leia como cincuenta paginas diarias dije con un tono tan falso que un gallo también cantó de mi boca.

En ese momento recordé que entre menos hablara menos posibilidades tenia de de meter las patas, y mostrarme ante Amaranta como el estúpido inculto que realmente era.

Yo la admiraba de una manera vergonzosa, rastrera y terrible. Pero que podía hacer, si siempre he sido un hombre frágil, cien por ciento influenciable y dependiente de mis relaciones. Y ahora, Amaranta, representaba lo que siempre quise ser, lo más parecido a un gurú en nuestra vida... Y digo nuestra, porque no era sólo yo, si no también otros 3 o 4 chicos, los que llegábamos a visitar a la argentina, al ático de su apartamento de la zona 1, zumbando todos a su alrededor con la excusa de la poesía cuando lo único que en realidad buscábamos todos era una noche a su lado.

Antes de que Amaranta se diera cuenta de mi tonto comentario, sonó el timbre, y caso al mismo tiempo aparecieron por las escaleras todos; el Letras, Poeta Hérido y el Infant Terrible.

La rapidez con la que subieron me hizo temer que efectivamente, el Infant Terrible hubiera conseguido las llaves del apartamento.

Amaranta los saludo, con un movimiento salvaje de cabeza y se soltó su hermoso pelo negro, lo que sentí como una tremenda provocación sexual y dijó con un tono de voz mas dulce que el que había utilizado segundos antes conmigo:

- Estábamos hablando de Camus, un poco de existencialismo francés y de ese antihéroe por excelencia que es el señor Meursault, de la pasividad y el escepticismo con que hace frente a todo, incluso a su propia muerte.

Al escucharla, me sentí realmente importante, si ella era capaz de ver mis titubeos intelectuales de esa manera, podría haber una luz al final de mi túnel. Sus palabras me dieron fueran para lanzar al azar, un comentario atrevido:

- Si, pensaba ahora mismo que no deja de ser un antihéroe al estilo del de El Túnel. Aunque Sartre, dista mucho de Camus ¿Quieren cerveza? Yo pongo un litro, apresuré a decir para evitar que se dieran cuenta de mi confusión entre Sábato y Sartre.

- Yo traje la mota la vez pasada y lo papos, así que no pido ir a la tienda, exclamó el Poeta herido.

Con la sabiduría y seguridad que le conferíamos todos, Amaranta revolvió entre su bolsa, sacó algo de dinero y sentenció

- No, nada de cerveza barata, hoy es una noche para celebrar el arte universal, tomaremos vino y uno fino, compren dos botellas. Tendremos una cena a lo francesa. Y tú, exclamó mirándome directamente a los ojos, de hoy en adelante, ya no contestaras jamás al nombre de Fernando. De hoy en adelante serás Mersault.

- Mersa que? Dijimos todos al unísono.

- Mersault, el personaje que encarna ese sentimiento de profunda apatía por todo lo que le rodea ostentando una actitud fría y despiadada ante la muerte de su madre. ¡Seguimos hablando de El extranjero!.. ¿es que ninguno de ustedes sabe estar a la altura? Dijó casi con un grito mientras prendía un cigarro con tal furia e intensidad que pensé que se lo acabaría de un solo jalón.

La actitud de Amaranta era tan imponente, que ninguno de los poetas se había sentado sino que seguían en la puerta como esperando saber cual era la orden definitivita que daría nuestra maestra de literatura. Desde hacia algunas semanas, llegábamos a ella todos los viernes, con la excusa de platicar, leer y enseñar nuestros textos mientras Amaranta nos guiaba por el camino de las letras. Los apodos, todos los había puesto ella, y ninguno se atrevió a contrariar sus ordenes.

- Bueno, ustedes se van el por el vino, mientras nosotros seguiremos leyendo un poco más, dijó dirigiéndose fríamente a ellos, mientras se sentaba el sillón y con movimientos dulces le pegaba al asiento libre a su lado, mientras me llamaba con a mano hacia ella.

Sentí el principio de una erección bajo mi pantalón y me senté a su lado, disfrutando claro de la existencia.

Amaranta cogió el libro, una edición muy antigua en francés, lo abrió al azar y leyó con una voz como de ángel a medio orgasmo, algo que no entendí en absoluto pero que sonaba a fresas con chocolate a pezones erectos:

- A ver, te traduzco mi tontito Mersault: y comenzó a leer pausadamente para mi:

Pero yo estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él, seguro de mi vida y de esa muerte que iba a llegar. Si era lo único que tenía…

En ese momento supe que era mía, mía, aunque sea por un rato, por un tiempo… pero porfin podría decir que me había cogido a una extranjera…