Barquito de papel
Por Isabel Zuleta
No es que los encuentros se den porque uno ande buscándolos, más bien es que uno quiere creer que es el azar, estar mutuamente inconscientes de sus existencias y luego caen sobre una curveada y atractiva espalda desde la nuca hasta el coxis, al mismo ritmo, moléculas a las que unen puentes, pero no de circunstancias, de amor romántico o confluente, de azar, ocio o consecuencia sino Puentes de Hidrógeno.
Atracción. A Camila le habían atraído varios y diferentes. Con Pablito, por ejemplo, fue una atracción abierta, desbordada, saturante y tediosamente obvia (Recordar era como un manjar para disfrutar y jactarse de variedad) Hubo otros juegos consecuencia del ocio, casuales y descomplicadas. El chef tanto menor que ella, que a propósito había visto hacía dos o tres semanas con un peso de más magistral y profesionalmente ganado, una lástima o gajes del oficio…En fin, en este caso fue más bien vivo, intenso, efímero y muy bello, lo único malo es que quizás aún no estaba tan seguro de su mano culinaria y calculadora, por lo tanto le cocinó muy poco y nada que ella no pudiese hacer al menos igual y con menos adornos. Por arriba, en medio o zigzagueantes aparecían otros que se hacían los que no querían y al final el exceso de insistencia resultaba tedioso. Algunos no querían, en serio, y bueno como dice la premisa repetida en tan variadas bocas y oficios “de todo hay en la viña del señor”.
Duraderas guardaditas; circunstancialmente reprimidas y casi siempre mutuas, no obstante prácticamente ilegales e inevitable caer en el crimen. De las mejores, el chile en la salsa, la mordida en un beso. Causantes de las más deliciosas perfidias.
Eran incontables las que podían existir, pero en su experiencia personal no eran muchos mas significativos e inspiradores. Comenzaron a agobiar su mente, a acumular en su vientre una memoria sensorial muscular. Tocó su abdomen, sus senos y cuando se acercaba al centro sensorial femenino, que ya estaba espectando sonó el teléfono. Una voz grave y dulce que no cambiaba de tono y era constante en su zumbido inconfundible, tentador y femenino, del otro lado; pero ya los poros de su piel estaban tan dispuestos que de inmediato la voz se sentó a su lado, junto al cojín café. La imagino ponerlo entre sus piernas y jugar con los hilos y las trenzas colgados de las cuatro esquinas mientras hablaba:
-¿Camila? ¿Cómo estás guapa?
-Aquí recordando cosas pero dime ¿Hay plan?
-Nadie se reportó pero yo estoy con ganas…
Risas cómplices.
-¿De qué Fabiola?
-No sé todavía ¿Pero tú qué quieres hacer?
Las manos le empezaron a sudar, porque justo después de los recuerdos varios Fabiola le había venido al presente y ella no había dejado de recorrer su piel y estaba a punto de admitirse –en sus diálogos internos- una nueva atracción que la tenía sorprendida de si misma. –Yo también quiero descubrir de que tengo ganas, hoy estuve recordando unas ganas vencidas y consumadas pero en fin ¿Quieres venir a casa?
-Nos vemos en un rato y llevo una pócima que nos de claridad de voluntad.
Más risas cómplices. Esa complicidad femenina, maliciosa, envidiosa a veces; una comunicación insonora que emanan por los ojos con cada beso de bienvenida, cada abrazo amistoso, cada llorada mentira sospechas. Fabiola y Camila se gustaban hace algún tiempo, digo algún como para dejar sugerido que el comienzo de las atracciones es tan paulatino como repentino y las sensaciones de las partes pueden ser a destiempo. Ellas ya hasta se coqueteaban y les salía natural, cuestión de confianza.
Fue la pócima, el pasado de ambas; quesos dulces. Lo que iban encontrando y escuchando. Bellas sonrisas que parecían ensayadas. Los dedos entre los cabellos castaños o negros, no necesariamente los que correspondían al cerebro que los manipulaba. La misma situación, es decir, era la primera vez que estaban en tal situación, poco convencional para ambas o mejor dicho nunca convencional. Sin embargo, tampoco vale la pena etiquetarse por el comienzo de semejante circunstancia que se traducía en un placer curioso morboso. La amistad suele ser una ventaja.
Humedecer los labios, hacer girar el vaso, dejar que los ojos se llenen de luz creyendo que viene del foco, mas viene de la lubricación generalizada corporal. La cercanía con excusa de ebriedad el cuerpo dibuja curvas en las circunstancias, se abalanza en vaivén, barquito de papel débil y húmedo el agua es humo o vacío amarillo nocturno. Fabiola le hizo una trenza a Camila, al contrario luego rió abrió cambió de juego. Jugaron con el pudor de dos infantas solas en el salón del prekinder. No le iban a decir a nadie, porque no era cuestión de formalizar o declarar. Pero algo había en la mañana, un silencio solemne, hasta paz. Sus cuerpos con resaca de goce y aliviados. Estaban rozagantes, más hermosas. Los pasos en las escaleras sonaron rítmicos y un “nos vemos” hizo eco.