miércoles, 12 de agosto de 2009

Cuentos sacados de un clasificado, qm

He de confesar que es un cuento escrito hace aproximadamente 10 años, y que luego busqué el clasificado. Pero por ánimos de mantener vivo el colectivo de los lunes lo mando. Ahora que salí de vacaciones ya voy a escribir los que harían falta para llegar al actual. Saludos! Quique


En alguna ocasión leí que la habitación debía ser un lugar para reponer energías y que utilizarla para otras cosas era una de las causas del insomnio. Como empezaba a acostumbrarme a las pastillas decidí probar suerte, y en vez de desparramarme en la cama después de la oficina, me quedé en la sala cenando el texto de la noche. Mientras trataba de digerir un complicado párrafo que circundaba los terrenos filosóficos, creí ver una sombra en segundo plano, un poco arriba del libro, como cuando por el rabo del ojo uno desenfoca alguna imagen en movimiento. Lo tomé como cosa normal, no era raro que a través del marco de la puerta tuviera la misma sensación. Dormí como piedra en el sillón. La siguiente noche repetí la experiencia, y tal como la vez anterior la sombra desfiló frente a mí más o menos a la misma hora (lo supe porque la vecina veía su telenovela regular). Pero esa vez yo merodeaba un capítulo sin importancia, o quizá alguno que ya había leído, por lo que pude detallar un poco más a mi compañero nocturno. Era un hombre de una edad indefinible –recuérdese que de cualquier manera estaba fuera de foco-, más o menos de mi alto y de complexión regular: un hombre estándar. Vestía nada más unos calzoncillos blancos y llevaba lo que parecía un bulto colgando de la mano. Yo tenía a veces breves alucinaciones, pero me pareció raro el haber podido describir un delirio estando con la luz de la lámpara sobre el reflejo de las letras. Aún así no le di importancia al evento. Al siguiente día escuché prender la televisión del lado, y recordé el peculiar hecho de la sombra en paños menores. Levanté la vista con miedo a observar algo. Y de repente mi amigo salía de la cocina sin poner atención en mi persona y dibujaba una línea recta hacia el baño. Esta vez sí me extrañé, y no era para más: ¡acababa de comprobar que compartía el mismo techo con un hombre semidesnudo! Dudándolo un poco me paré frente a la puerta. Como no tenía el valor de abrirla me quedé esperando que a fin de cuentas no saliera nadie. “Permiso” me dijo nada más, y regresó por el mismo lugar (cosa que no me había dado cuenta antes). ¡Lo que me faltaba! Que el ente fuera tan descarado de pasar frente a mí sin ni siquiera presentarse. Me fui detrás de él y penetré en una habitación desconocida. La verdad no me había familiarizado con ese espacio que existía como en todas las casas. El personaje entró a la refrigeradora cerrando tras de sí. Es verdad, el mueble estaba empolvado por falta de uso pero no llevaba tanto tiempo allí como para haber engendrado un hombre con el microondas, que era un regalo más reciente. Con la mano temblorosa pero con tres docenas de huevos jalé del agarradero. Una silueta se dibujó contra el resplandor de la bombilla. Mi inquilino se frotaba los ojos. - Usted disculpará, pero cada vez que se abre me pasa lo mismo, me cuesta acostumbrarme a la luz... uno que vive a oscuras. - ¿Qué hacía paseándose por mi casa?– Pregunté luego de que pude verlo detenidamente. Su descripción se ajustaba a mi fugaz percepción de la otra noche. - Traté de no molestarlo... como estaba leyendo... pero tenía que ir al baño por un poco de papel. La perilla de la temperatura parece haberse dañado hace unos días y he cogido un catarro bárbaro. Generalmente no acostumbro salir, no había tenido la necesidad hasta lo de la enfermedad, sabe... Puede seguir con su libro. Si no le importa tengo un dolor de cabeza horrible y quiero dormirme – cerró de nuevo. Confundido regresé al sofá. No sabía si reconfortarme al fin en la compañía de alguien o si ofenderme por haber sido ignorado durante tanto tiempo por un tipo que vivía en mi propio refrigerador. En las siguientes noches me mudé de regreso a mi cuarto para mis actividades habituales, pero en vano trataba de concentrarme pensando en el hombre de los calzoncillos estornudando y paseándose por allí, así que le llevé a su puerta un pañuelo. - Si de veras quiere ayudarme le voy a pedir un favor- me dijo el sujeto, que regresaba en ese momento del baño. - Creo que mi gripe ha empeorado y necesito buscar alguna pastilla. Necesito salir un momento pero no me gusta dejar el refrigerador por mucho tiempo, nunca se sabe quién le puede quitar a uno el lugar... ¿Me lo cuidaría usted? No había convivido con alguien anteriormente, así que no sabía cómo comportarme en una situación parecida. Recordé los manuales de etiqueta y las clases de moral y urbanidad y lo único que se me ocurrió fue ser amable con el hombre del refrigerador que me miraba con los ojos llorosos y la nariz roja. Acepté con la cabeza. - Se lo agradezco mucho. Pase adelante, por favor. Así, un pie primero. Siéntese. Cuidado con la rejilla que queda sobre su cabeza. Aquí enfrente está la perilla de la temperatura, ¿ve? De cualquier manera y como le dije no ha estado funcionando últimamente. – Luego, entregándome una bolsa plástica de supermercado me dijo – Tome, en esta bolsa hay una muda de ropa interior limpia. Uno nunca sabe cuándo la puede necesitar. Le encargo mucho el refrigerador. Como dije, alguien se lo puede querer quitar. Al quedarme en la oscuridad sentí frío y comprobé que era en balde hacer girar el regulador. Al rato empezó a gotearme la nariz. Deseé salir por un poco de papel, pero tuve miedo de que alguien quisiera quitarme el refrigerador.

lunes, 27 de julio de 2009

Cuentos perversos, if

Breve carta a una araña

Por Ivonne Flores.



Ahí estas. Permaneces semioculta resguardando a tus otras crías, pero desde tu hueco cavernoso, tus ocho miradas estan sobre mi. Tienes ojos sificientes para observar cada uno de mis actos, cada error, cada momento, mientras yo me debato para librarme de tus ardides tendidos astutamente para no dejarme escapar.

No son gotas de agua las que embellecen tu telaraña esta mañana. Son lágrimas falsas, espejos que regaste para multiplicar mil veces mi imagen ingrata.


La gota de veneno que inyectaste en mi, ya ha fermentado. Dices que no debería ser yo quien emponzoñe a mis hermanos que todavía siguen aferrados a tu espalda.

El calor de tu cuerpo me conforta y me hace sentir segura, pero tu imagen es monstruosa, enorme, me quita el aliento. Y no puedo gritarte madre, no puedo...aterras a mi corazón y mi pecho se vuelve mórbido, ahí te revuelcas, mientras tus largas patas me deshebran fibra a fibra. Madre carnívora deleitándote con la sangre de tus propias entrañas.

Cada vez que tus mandibulas se muven, aprietan, estrangulan. Aún me siento pegada a algo indefinible, tal vez a la humedad virulenta de tu abrazo. Yo permanezco quieta. Mis oídos están saturados de la hiel que escurre de mi espíritu, la que inyectas día a día, mientras con tus palabras venenosas me vas tejiendo un sudario.

Con amor,

Tu hija.

domingo, 26 de julio de 2009

Cuentos inspirados en una canción, jm2

Notas sobre el camino hacia Dios

(Lo siento, no link, rola Quiero Llegar de Gustavo Santaolalla con uno de sus primeros grupos: Arco Iris)


Por J.M. Arrivillaga

Para hacer un cuento a partir de poesía, tuve que volver y volver y volver atrás, olvidarme de la explicación cósmica y plantear un escenario material para un asunto desconocido.

Y lo encuentro. Encuentro ese momento preciso para desvirtuar el tiempo y agarro el lápiz para escribir “Dios”. Y punto.

Punto pero me cuestiono. ¿Es que acaso existe un dios?

No. Eso lo he comprobado. Pero la angustia no se detiene ahí. Debo ajustar un tiempo para explicar el punto. Punto, sí. ¿Por qué nos conformamos con que nos pongan ahí el punto? Simple. Por simpleza. Pues ¿para qué cuestionar?

Eso, para encontrar respuesta. Cuestionar para complicar, para emocionar. El valor del delito.


Quería darle un solo de mis canciones. Si existiera de verdad por ahí, quería deleitarlo con mis esmeradas composiciones, esmeraldas pasionales.

Entonces, de no ser por su imposibilidad de existencia no hubiera esmerado tanto de mí para satisfacerle, buscándole pues.

Y grité. Sí, al aire y con todas mis fuerzas: “¡Gran mentira, conviértete en verdad!”. Caí llorando inconsolablemente pues descubría, por primera vez, que necesitaba creer en algo, y no en cualquier cosa. Algo que coincidiera con mis valores primordiales, los que nadie contradice, y eso, dicen, no existe.

Entonces entró Gris, con su inesperado optimismo de siempre y me dijo:

-Puchis vos, agarra tu onda, mové el culo y deja de babosear tanto, te estás volviendo loco.

Pero mi compadre no entendía que me encontraba a un paso de la verdad, tan sufrida, añorada. La paleta de mis colores apenas tomaba forma, y le dije:

-Broder, no me chingés. Si querés rolate un puro y aguantámela ahí.

Y tranquilamente obedeció mientras yo convulsionaba de la emoción. Emo, emoción. Vivir para emocionarme. ¡Eso!

Dios es, ya redescubierto y animado, una energía que hace que te entusiasme lo que querés de vos.

-Lo que querés de vos.

Y esa, por fin, fue una respuesta encontrada entre pláticas del receso para el café.

Y punto.


(

Quiero llegar hasta el centro del sol

Y escuchar el silencio en tu voz

Ven

El camino hacia dios

Quiero volar sobre la montaña, la historia, el mar….

Quiero correr hasta la inmensidad

Y recordar el principio, el final

Ven

Lo que fui lo que soy

Quiero flotar, sobre el desierto, las luces el mar

)

Cuentos inspirados en una canción, jm

Mala

(http://www.youtube.com/watch?v=-oO09PT6Gh8&feature=related)

Por J. M. Arrivillaga


Antes de casarnos me cayó el apodo de Mala. En realidad, fue luego de varias discusiones que el mote terminó de establecerse.

Ventura era un adorable sinvergüenza, tal cerote que a cualquier problema reaccionaba con berrinches magnitud Nicolás Arrivillaga.

En la primera pelea encontró la formula de decirme “mala, mala, mala” y yo con eso que me puse histérica, malparido.

Cinco grandes discusiones precedieron nuestra boda, y me reí tanto cuando el hijueputa me enseñó las grabaciones, que terminé por recibir el anillo.

Al final, era todo un chiste, pero en el transcurso, lo juro, aprendí a ser siempre una mujer digna con aquel y el cerote, bueno, siempre fue digno el desgraciado.

Ese jueves de abril, el maldito, me dio una cajita con un exquisito anillo decorado con un lapislázuli que se iluminaba por si solo, amarrado a una memoria digital y a un rollito de papel. No sólo grabó las discusiones sino que las transcribió para dármelas junto al anillo.

Sí, luego nos casamos, pero tuvo que pasar un año para que me bajara el enojo y descubriera la risa que el chistoso procuró generarme desde que me dio el mandado. Claro, yo no rechacé el obsequio, sólo me encabroné durante unos pocos meses.

Las discusiones transcritas eran más bien ligeras. Si bien en el audio se escuchaban los infantiles aullidos de Ventura, como niño urgido de chiche, en el papel todo se tornaba más liviano. Decía así la primera:

-¿Por qué te fuiste cabrón?

-¿Acaso tenía que esperarte?

-¡Puta! Íbamos juntos.

-Pero eso no pareció cuando te trincaste al Julián.

-Yo no me lo trinqué y si si, ¿qué hubiera tenido de malo?

-“Malo” no, “mala” vos cerota.

-¿Mala?

-Si. Mala porque no me querés.

-¿Es obligación acaso?

-Sos mala porque no me tocás.

-Si te toco cabrón, pero no en público, ¿cómo pedís que haga eso?

-Mala porque tenés boca y simpre salís con una de estas.

-Yo te aprecio mucho pero no mezclés las chivas.

-Mala cuando te conviene.

-¿Cómo así? Siempre te he dicho claramente lo que pienso, que no me gusta el estoque a huaro, que me enferma del estómago.

-Mala como la mentira, el mal aliento y el estreñimiento.

-No me salgás con intimidades por favor.

-Mala como la censura, como rata pelona en la basura.

Sí. Esa fue la primera discusión. Y no se parece a la segunda:

-Mala como la miseria.

-¡Puta! Si te estoy diciendo que no vine por estar atendiendo al grupo de beneficencia.

-¡Já! Y ahora hacés cara de foto de licencia, mala.

-¡Logré que viniera Santana a dar un concierto para sacar del hoyo a los niños que vos descubriste y que a vos conmovieron, no me chingués.

-Sos descarada, mala, mala como firma de Santana, música más mierda.

-¡Cerote! ¡Maldito! ¡Te voy a matar hijueputa!

-Mala como pegarle a la nana.

-Me enfermás cerote, hasta chorrillo me da.

-Pues sí, si sos mala como la triquina, mala mala y asesina.

-¡Já! ¡Yo! Descarado, si vos sos el malo, recordáte, cuando me dejaste sola en las faldas del Santa María, ahí si me hubiera muerto de hambre, o me hubiera comido un animal, o como cuando no pagaste la cuenta del bar y te fuiste sin decir nada.

-Mala y enredosa, mala como las arañas, mala y con todas las mañas.

Y la tercera, durante un cuarto día juntos en Cancún:

-Vos, el chorrete de pasta en el lavamanos…

-Vos, tu calzón en el closet y no en mi cara, ja, ja, ja.

-No chingés, ordenáte.

-Ah, sos mala como el orden, como la decencia.

-Puta, ¿no te sentís mal de hacer desorden en un área compartida?

-Mala como la buena conciencia, mala por donde me mirés, al menos me los lavo, pero vos, mala mala como una endodoncia.

La cuarta, durante la culminación de nuestro primer trabajo juntos de diseño de interiores, cuando me resistí, por respeto a los contratistas, a que él se anduviera dando las chelas ahí, pelado.

-Chava, ya casi terminamos, el público no ha venido, hicimos buen trabajo, ya nos pagaron, ¿cuál es tu clavo?

-Sólo espero que nos vuelvan a contratar.

-Ellos están contentísimos, ¡ya la hicimos!, pero vos sos mala como clavo chato.

-Calláte mano, en estos rollos las cosas funcionan bien.

-¿Ah si? ¿Todo bien? ¿Como película gringa?

-Pues si.

-Mala como película gringa, mala como caldo frío, mala como fin de siglo.

Y bueno, la quinta, un día antes de darme el anillo:

-Sos mala por naturaleza, de los pies a la cabeza.

-¿No te cansás de tus berrinches? Yo sí.

-Mala, mala, mala, mala, pero que bonita chingada.

Y bueno, la fiesta estuvo re bien. En un barco paseando en el lago de Atitlán y con la música de Liliana Felipe divirtiéndonos de maravilla. Claro, y si no hubiera lanzado al Ventura por la borda, no hubiera parecido nuestra boda.

sábado, 25 de julio de 2009

Para proponer temas y otras cosas

Si ven la encuesta está vacía, y aunque hay temas para varios días aún, vayan mandando propuestas.
Saludos y bienvenida a la Fabio!

Cuento invitado (nueva, pa´que se alinie!) F

Sin pausa

Por Fabiola Arrivillaga

El hombrecito de los ajos pasó por la cuneta, dentro de ella más bien, en el momento exacto en que una patrulla le hacía el alto al toyota polarizado. Agachado, la piel curtida por el frío y el humo de las camionetas, y el reflejo del sol en el asfalto; calzado con sus caites “suela de llanta”; el atado con las viandas y otro atadito dentro, cada día más pequeño, que contenía los quetzales reunidos de las ventas; la elegancia del saco que nunca le quedó, y que, dijo su padre, le daría respeto entre los ladinos, así como el sombrero, raído y avejentado, pero irremplazable. El hombrecito de los ajos, después de cuarenta y pico de años haciendo lo mismo, lucía como un anciano de ochenta.

La patrulla detuvo a los del toyota, que no tenían ni papeles ni licencia, pero el hombrecito de los ajos no cayó en la cuenta. Sin pausa pero sin prisa, arrastró los caites por la cuneta disfrutando del viento en su cara y comenzando a sentir las cosquillas del sudor que resbalaba por su frente, luchando por escapar del sombrero. Desde el interior del picop emergía el molesto sonido del reggaetón sexista que suelen escuchar esos oídos que no conectan con ningún sistema nervioso, y desde afuera, las amonestaciones y las insinuaciones corruptas del par de oficiales. El más avispado de los dos casi niños dio la primera estocada. “A ver, jefe, si nos podemos ir arreglando”.

“¿Cómo así, patojito? ¿Sabés que lo que estás haciendo es un delito?¿Sabés que te vas al bote por eso también? Y tu papá, porque sos menor de edad...Y la multa, ¡ay, Dios! Par de babosos, en la que se metieron...”

El otro, nervioso pero más inteligente, se acercó con sigilo al interior del carro, atento a cada movimiento de la autoridad y escuchando con cuidado cada palabra. “Pero jefe, yo digo que todo eso no es necesario...mire pues, ya le va a tocar llevar a la familia a la feria...y hay que pagar los colegios para tener exámenes finales”. “Mis güiros van al instituto, ¡no pagan!”. “¿Ya vio? ¿Y no le gustaría que tuvieran una mejor educación, más oportunidades? Platiquémoslo, jefe, a todos nos conviene”. “Pero te va a salir carísimo, patojo, porque te voy a echar una manota y arriesgo el pescuezo por vos. Mejor dicho, aquí el oficial García y yo, nos la jugamos todita”.”Déjeme, voy a traer mi mochila, que allí traigo...”

El hombrecito de los ajos pensaba en lo que habría sido de él si no lo hubieran mandado de regreso. Todo lo que deseaba era construir una su casa de tres niveles, con vidrios así, como espejos, como los de los edificiones que había visto en “Elei” y en San Diego. Se detuvo un momento para secarse el sudor, que ya le era molesto, mientras recordaba. Una nostalgia muy grande le invadió al percatarse de que ya tenía más de sesenta, que ya era un viejo, que ya no podría volver por sus vidrios; ¡el tamaño de la casa ya carecía de importancia! Pero los vidrios, esos vidrios azules, o verdes o tornasol, cabal como los de los edificios de “Elei”...La imagen de uno o dos ventanales coloridos hacia la calle, sobre todo si le reflejaban un buen solazo al Chente, su compadre y ahora enemigo, el que le había volado a la Maura, su novia, mientras él se partía el lomo para el gringo de la carpintería, soñando con vidrios y casas de tres niveles...Pero esa historia era pasado, hoy solo tenía soledad y ajos en la espalda, se sentía cansado y se sentó en la orilla a ver pasar carros, porque era largo el camino y mucha la venta. Talvez si tocaba de puerta en puerta, lograba vender otra docena de trenzas.

“¡Quieto, vos patojo!”, García desenfundó su pistola y apuntó al asustado adolescente. “No me vas a pendejear con el cuento del pisto en la bolsa, vos”. “Nnnno mi jefe, no se me pppponga así”, casí se orinaba en los pantalones, con la mano metida entre libros y lápiceros. “¡Sacá la mano despacito, patojo cabrón!¿Qué cargás allí, vos?¡García, a ver allí, basculéese a este pisadito, mire que carga en la bolsa este!”. “Solo unos juguetitos, jefe”, García lanzó un “PSP”, un “I-Pod” y una “Notebook” a la cuneta. Al que ninguno de todos había prestado atención era al otro muchacho, al listo, al callado, al que se había ido hacia el carro, sacado una escuadra de abajo del sillón y ahora apuntaba, con el pulso tembloroso, a los dos oficiales.

“¡Mírese a éste, pues, García, ni sabe agarrar el arma!”, el oficial al mando finalmente notó lo que ocurría, con una burla que escondía el miedo de quien ve la muerte cara a cara.

“¡Tírense al piso los dos!¡Déme su libreta, sus pistolas, déme hasta su billetera, chonte pisado!”. El pulso no le permitía apuntar fijo, pero había logrado tomar cabal la pose esa de las películas de acción.

(“Te hubieras visto la cara, ¡puro 'gangero' de película de Niuyork!, le diría un par de horas después, en la frontera con México, su amigo, el hablador, el pilas, el que no supo negociar con los oficiales).

Y lo que temían todos, el tiro salió por el cañón de aquella lujosa escuadra que nada tenía que hacer bajo el sillón del toyota polarizado. El otro, y los dos oficiales, todos se pasaron examen para ver si no eran los heridos, ni dolor, ni sangre, ni calor. Sin embargo, ninguno se fijó en aquel que tampoco les había prestado atención a ellos.

Ese que arrastraba, sin pausa pero sin prisa, los caites por la cuneta, ese que, en el justo momento del disparo, recordaba con cuanta crueldad los guardias de la migra lo habían lanzado al suelo para apresarlo, forzándolo a soltar el paquete recién comprado: sus vidrios de colores con apariencia de espejos, para irse de regreso al mes siguiente, para construir su casita, para vivir con su Maura. Forzándolo a soltar el paquete del que salieron, como esquirlas de granada, todos los fragmentos coloridos de sus vidrios, que se vieron bellos como gotas de arco iris, que le sacaron lágrimas de coraje, de dolor y que le conmovieron porque es un ser humano, porque la belleza de ver el sol reflejado en los azules y verdes cristales, como descarga eléctrica de brillos, y sonidos suaves como campanas, le hizo pensar en el cielo. “Así ha de ser morirse”, pensó, “así de lindo”. Tenía entonces como veinte años, pero lo recordaba, el brillo, el sonido, las campanas de los ángeles, el frío del miedo, el miedo a lo desconocido, el cielo, el cielo, la paz, el silencio y, de pronto, nada.

“¡Lo mataste!¡Lo mataste!¡Subite al carro y vámonos!¡Vámonos!”.”¿Y para dónde?”. “¡Sólo vámonos!¡Ya, ya, ya!”.

Con dificultad, los oficiales, gordos de tantos tacos, gordos de tanto morder, se levantaron aterrados, viendo el cadáver, todavía caliente, de un viejo vendedor de ajos. Conspirando sin palabras, lo subieron a la palangana y se apresuraron a lanzarlo desde la orilla del Xequijel, para que el río se encargara. El incidente no sería reportado, allí no pasó nada, “todo tranquilo, jefe, sin problemas en el puesto”, “ninguna irregularidad, ningún sospechoso, nada, jefe, nada”.

Y horas más tarde, en tierras mexicanas, con papeles comprados – por si dudan del poder educativo de la televisión – y plata para morder a los de hacienda, dos jovencitos armados hasta los dientes, casi niños, la emprendían en un toyota polarizado para el norte. “¿Sabés qué quiero yo?”, decía uno mientras los dos construían castillos en el aire, “ir a tomar nota de los edificiones de “Elei” y traerme unos de esos vidrios – porque han de ser especiales, vos, para aguantar tanta onda - , que reflejan la luz re-bonito, esos azules y verdes. ¿Sabés de lo que te hablo, vos?”.

“Y yo”, contestó el amigo, “me voy a hacer una casa de tres pisos”.

Cuentos inspirados en una canción, og


Mon Chien

Por Orlando Gutiérrez Gross

Sus ojos negros y brillantes me llamaron la atención. Era peludo y de color negro, pequeño, cabía en mis manos.

En el trayecto a casa venía nervioso y temblaba, cuando lo bajé del carro y lo puse en el piso, me olió los pies. No se despegó de mi nunca más.

Yo estaba muy feliz, finalmente tenía lo que quería: una mascota, un precioso perro, un hijo. Pasaron las horas y decidí poner música mientras compartía una cerveza bien fría, de esas que a uno se le antojan a media tarde, de tanto calor que hace. Encendí mi computadora para poner música y una pieza sonó. Tiago inmediatamente levantó la cabeza, movió la cola y me sonrió con los ojos.

-¿Te gusta?- Le pregunté.

Siguió moviendo la cola.

Empecé a cantarle: “José Tiago Nicolás, Tiago Nicolás, es José Tiago Nicolás, Tiago Nicolás”.

Han pasado los años, y cada vez que le canto la canción me mueve la cola y me sonríe con los ojos. Es nuestra canción.

Inspirado en “Un homme et une femme” de Francis Lai

http://www.youtube.com/watch?v=SweFwuHQLyo

http://www.youtube.com/watch?v=Qfc4NPNMFro&feature=related

lunes, 20 de julio de 2009

Cuentos inspirados en una canción, qm

In a sentimental mood

Por Quique Martínez Lee


(Inspirado por la versión de Duke Ellington y John Coltrane. Para mejores resultados, ponerla de fondo al leerlo)

http://www.youtube.com/watch?v=sCQfTNOC5aE

La conocí como una toma estática actualizada cada dos segundos. Se acercaba a un ritmo irregular entre el ir de luces rojas y el venir de luces blancas. Lo sabía por la variación errática de la distancia recorrida en cada fotografía. Parecía que jugaba a dar un salto entre cada paso como una nena, o eso se adivinaba por las arrugas en la falda. Se aprovechaba de no saberse observada para quitarse el pelo de la cara mientras esperaba cruzar la calle.

La tecnología me daba licencia para espiar a través de una cámara de tráfico, adormecido por el brillo de la pantalla de un ordenador. Esperar en soledad es aterrador cuando apremia el silencio. Hoy disfrutaré mi miedo.

Mañana lloverá. Restaré unos minutos a la hora de adelantarme y me enfrentaré al enjambre nocturno de oficinistas en automóvil. Las gotas golpearán el parabrisas dejando marcas que me forzarán a acercarme al vidrio para poder verte de nuevo. Antes de atravesar la calle te encontraré bajo un paraguas. Y tú me obsequiarás una sonrisa.

En el camino de regreso observaré en reserva cómo tu rostro se interrumpe por la eternidad de una milésima de segundo. Y me alegraré de verte iluminada por el brillo del semáforo de nuevo con la ansiosa certeza de que la oscuridad me privará de tu imagen cuando vuelva a pasar el parabrisas.

Ya en el apartamento inventaremos otra vez el piano mientras nos desnudamos. Me preguntarás qué hay de cenar. Pediremos chino. Y mientras nos damos comida con palillos celebraremos nuestro aniversario. Mutuamente.

domingo, 19 de julio de 2009

Cuentos Nocturnos, if

DESIERTO NOCTURNO


Por Ivonne Flores.


La luz del sol decadente se quebró en la cúspide filosa de los cerros. Las chicharras habían cesado su canto y la hora de las criaturas nocturnas se acercaba, mientras las avecillas acurrucadas en sus nidos extrañaban el brillo y la claridad del día, el lapso en que procuran a trinos proclamar su libertad con alarde de plumas, ligereza y alas. Pero como siempre que los astros se insinúan en el oscuro fondo del cielo, el miedo en sus pechos tibios les urgió a refugiarse de la noche, de nosotros.

Salí de mi galeria hacia el profuso espacio de la tierra aún caliente a respirar el vaho amargo de las gobernadoras. Me arrastré sobre las piedras y la arena fosforescente de este trozo de desierto, rozando con mi cuerpo algunos botones del sagrado peyote. Aún a esa hora el calor ascendía como espiral desde abajo del suelo. Como de costumbre, subí hacia el ramaje de un negro mezquite solitario en aquel llano elevado. Oteé con mi lengua el aire del sur. Un vibrar suave y constante alertó a las bestias, era una marcha de hombres en la distancia, que se acortaba. Comencé a deslizarme para ponerme a cubierto, pero en el viento giraban partículas de tu aroma y con éste, tu desamparo. Retorcí mi cuerpo para hacer mas nítida la sensación de tu presencia. Esperé.

La oscuridad terminó de aplastar la tierra; las estrellas eran esquirlas de la mitad rota de la luna. Entonces te vi. Llegaste entre un grupo de hombres sabios, todos vistiendo colores que no hay en estas tierras áridas, brillantes eran como las mariposas que nacen a veces en el lejano ojo de agua, cuando viene la lluvia.

Mientras dos hombres encendían una hoguera, te vi junto con otros comer algunos botones del cactus sagrado. Todos cantaban rasgando el velo silencioso de la noche. Tu permaneciste largo tiempo observando la danza del fuego recién nacido, que con voraces dentelladas desgastaba paciente, persistentemente, la corteza resinosa de los trozos de árboles muertos.

Comencé a llamarte. En medio de las voces de tus companeros y de los chasquidos de la hoguera, no escuchaste mi sonido, sin embargo, obedeciste al magnetismo de mis ojos, que comenzaron a acercarte al solitario mezquite, invisible a tus ojos, pues su delgada silueta habia sido engullida por la masa oscura de la noche. Aunque la lejanía era un abismo negro, cruzaste sin ritmo en tus pasos que chocaban con las piedras diseminadas y con los pequeños arbustos punzantes. Mi mirada siguió jalándote y tu soledad te empujó a lo insondable. Decidiste descansar en una roca plana para confrontarte contigo mismo. Algo comenzó a cambiar en tu alma, en tanto la fuerza del peyote revolvía tus visceras y cambiaba de revés tu pensamiento. Repté abajo, ondulando mi cuerpo cerca de ti. Estabas abstraído entablando un dialogo silencioso con todo el entorno y con el viento.

-Soy una víctima, apenas una partícula destinada al infierno- Dijiste apenas musitando.

-Eres una vida, una fuerza- Te dije con un siseo prolongado.

-Quien eres?- Había angustia en tu voz.

-Soy el símbolo de la sabiduría-

-Te buscaba-

-Me encontraste-

-No puedo verte-

-Habla entonces, escucha también-

Conversamos mucho, las palabras devoraron las horas y allá lejos el cielo cambiaba. En tu rostro, tus ojos eran dos chispas y cada poro de tu piel estuvo conectado con el universo. El cielo comenzó a volverse diáfano y llegó el momento de seducirte, antes de que me delatara la claridad del amanecer, porque entonces yo dejaría de ser solo una voz, un producto de alucinaciones y febriles estados espirituales.

preguntaste algo acerca de la plenitud y la sabiduría.

-La sabiduría es infinita y no se puede contener en el frágil recipiente de tu cuerpo. Necesitas ser ligero para permearte de conocimiento- Respondí.

-Debo entonces morir para ser pleno?

-Solo cierra los ojos y acepta mi regalo- Traté de convencerte.

-Tengo miedo- Balbuceabas.

Titubeaste un poco, pero la duda es un pozo seco y mi promesa fue colmarlo. Te sentaste en la tierra contra la roca, de cara al sur con los ojos cerrados mirando dentro. Subí a tu pecho y tus musculos se contrajeron al contacto frío de mis escamas. Poco antes de que despuntara la mañana, hundí en la blandura de tus carnes mi ponzoña.

La claridad comenzó lentamente a renovar el color de las cosas. Tu sangre tenía el sabor acre de los botones sagrados que aún llevabas en las manos. Mi veneno ígneo recorría palmo a palmo tu cuerpo, bombeado por el ímpetu de tu corazón de adolescente. Te resistías a dejar flotar tu espíritu, todavía no sabias si viniste a perderte o a encontrarte. Tras algunos minutos el elíxir delicado que deposité en tu cuerpo, comenzó lentamente a disolver toda fibra humana, cada duda, cada temor, esperanza y recuerdo, todo dolor.

Finalmente te convertiste en fino rocío, que la ligera brisa matutina diseminó sobre los labios aun cerrados de las flores de las biznagas. En el horizonte se adivinó el fulgor del sol, el dios inclemente que vendría a volatilizar las últimas gotas de tu alma. El último vestigio de tu paso por mi vida es el fulgor de tus huesos blanqueados por la luz de incontables días.



Glosario

Biznaga: Pertenecen a la familia Cactaceae y se conocen tres distintos géneros: Echinocactus, Ferocactus y Melocactus. Como el resto de los cactos, las biznagas tienen flores grandes, aromáticas y de alegres colores que son un deleite visual y gustativo para mariposas, colibríes, murciélagos, abejas y abejorros.


Chicharra:
Insecto de color verde oscuro, cabeza gruesa, ojos salientes y cuatro alas transparentes que produce un sonido estridente.

Gobernadora
(larrea tridentata). Su nombre común “Gobernadora”, responde a la característica que posee de ser una planta dominante en el desierto. Sus variados usos medicinales y su adaptación para sobrevivir a condiciones extremas de aridez, hacen honor a su peculiar nombre. Este arbusto es conocido principalmente en los estados del norte de nuestro país (Mexico).

Mezquite
(Prosoppis laevigata): Árbol muy importante en la vida de los pueblos del norte de México y el suroeste de los Estados Unidos. Al ser una especie que crece de manera natural en este árido territorio, les brindó durante siglos alimento, cobijo y protección a los habitantes de dicha área geográfica.

Peyote (
lophophora wiliamsii) Planta cactácea originaria de Centroamérica,de unos 15 cm de altura,con tallo cilíndrico,sin púas y con flores de color rosa,de la que se extrae el alcaloide llamado mezcalina o mescalina,usado como droga alucinógena principalmente por los pueblos autóctonos y es también una planta enteógena utilizada en ritos de penitencia y revelación en la comunidad huichola.

Cuentos inspirados en una canción, i

Fué tanto amor fué tanto amor
fué tanto tanto tanto amor
que no encuentro un momento pa olvidar

Miguel Bosé

Clasificado

Por Ixmucané

BUSCO un momento para olvidar.

Tres habitaciones, una por cada año que pasamos juntos.

Una terraza para tirar todos los momentos, desde el primer beso aquel verano, hasta la última llamada de despedida, ayer por la tarde.

Una sala para ver, llorar y romper las fotos de nuestros viajes a Paris, a Petén y a Pana.

Un comedor con estufa para calentarme el alma y refri para enfriar las emociones contrarias que me provoca el verte y no tenerte.

Un baño con capacidad suficientemente grande para contener las lágrimas que se acumulan noche a noche cuando pienso que le estás dando a ella, lo que tanto disfrutamos juntos.

Deberá estar localizado lo más lejos de posible de su corazón pero con acceso directo al mío.

Y por útlimo, si fuera posible, con un barcito cercano para que dentro de unos meses, ya adaptada a mi nueva morada, pueda tomarme el último trago amargo, cerrar este capítulo y brindar por un nuevo comienzo.

Se agradecerá cualquier información.

miércoles, 15 de julio de 2009

para comentarios y otras cosas

saluuuudos!!!

treceaba entrega, cuentos inspirados en una canción, CZ

Cuando Dios creó el Coffebreak*
(Cualquier parecido con la realidad es obra de la pérfida casualidad)


Por Cristina Zuleta


Sabiendo Diosito, con su omnipotente sabiduría, del cansancio laboral de largas jornadas de: oficinistas burócratas, secretarias sexys y no tanto, albañiles chorreantes de sudor, escritores con bloqueos o caos cerebrales, músicos que ensayan incontables veces la misma canción con afán inútil de alcanzar la perfección, pintores mareados por el olor del thinner y otras sustancias. Por todos ellos, todas ellas y muchos más Dios nos dio una pausa para tomar el café, actualmente mejor conocido en algunos ámbitos latino americanos alta y misteriosamente influenciados por la cultura de un país de habla inglesa situado al norte de La Nueva España, como Coffeebreak. Antes de esto, lógicamente, creó el café. Esa bebida traicionera y exquisita, que unos saben preparar, otros solo malgastan su preciada esencia haciendo una especie de agua caliente de color parecido al café, que ofende a todos aquellos practicantes incansables y experimentados del Coffeebreak. En cierto año, hace algún tiempo y tampoco tan escazo, se organizó una rebelión contra Dios, el caos y la desesperación de los insurgentes era tal que no supieron explicar al preguntarles cuál era la suscitada demanda o incorformidad. Resulta que este grupo de gente era de cierta religión que prohibe el consumo del café y permite deliberadamente la poligamia, Dios comprendió, con su omnipotente sabiduría, tan garrafal error de carácter humano y no celestial, para aclarar, y les presentó a aquellos que estuvieran dispuestos a sacrificar su ocurrente ideología al inigualable mencionado; la irresistible pausa para tomar un cafecito, decimos con toda la autoridad, como Dios manda.
Las estadísticas indicaron que el ochenta y ocho por ciento de los rebeldes aceptaron la negociación. El resto se conformó con la poligamia y las camisas bien planchadas, además se dice que fueron sutilmente amenazados. Con este y otros acontecimientos dicha costumbre quedó propiamente propagada, salvo en aquellos países de producción cafetalera escaza o nula, donde sin ningún contratiempo es sustituido por otras sustancias con las mismas propiedades.
Años después, al tiempo con cambios históricos relevantes, sucedió lo sucedido. Inventasen los hombres, aprovechándose de la nobleza del Todopoderoso, sustancias etílicas alteradoras del juicio. Analizando la cuestión desde los cielos,a El Grande le pareció buena idea, pero poco después se dio cuenta de los efectos secundarios y pensó que no era nada astuto, pero viendo que el humano asumía de buena gana las consecuencias...Decidió ocuparse de otros asuntos y dejar a la humanidad por si misma descubriendo sustancias destinadas a usarse a fin de apaciguadoras de la frustración y la inconformidad o acercamientos efímeros y diminutos a la divinidad universal. El café, sin embargo, no ha perdido por esto su carácter de bebida de primer orden.

*Inspirada en una de mis canciones predilectas, When good created the Coffeebreak de Esbjorn Svensson Trio.

doceaba entrega: cuentos nocturnos, qm



Cuentos nocturnos

ENCUENTROS CERCANOS

Por Quique Martínez Lee


Mi mamá no tuvo otro tema, luego de esa noche durante la novela de las nueve. Ambas concentradas a medias. Yo, en el suelo, terminando de poner banderitas sostenidas con bolitas de papel de baño y goma al lado de los ríos dibujados con lana celeste sobre un mapa pintado con témpera en una tablita. Ella, trabajando cuellos frente a la mesa del comedor, con una combinación de almidón y agua disueltos en una bomba y cuidadosamente presionando la plancha contando mentalmente los segundos necesarios para endurecerlos.

Anunciaron la presentación de las diez. Una famosa obra de Steven Spielberg acerca de desapariciones misteriosas y nuestras relaciones con el universo. “Encuentros Cercanos del Tercer Tipo”. Mi madre sonrió. Pocas cosas la hacían feliz y generalmente eran detalles insignificantes. Cuando estuvo en el cine, me contó, le pidió a mi papá que la llevara pero “no se pudo”. Y, bueno, la cena estaba lista para ser recalentada, ella frente al televisor y la película a punto de ser transmitida. Yo hubiera querido acompañarla pero me ganó el sueño sobre el río la Pasión. Ella ya estaba perdiendo peligrosamente la cuenta.

Los siguientes días habló muy poco, casi lo necesario. Sucedía a veces. Se quedaba pensando. Luego generalmente se acercaba para darme alguna muestra de cariño.

Al cabo de una semana pasó. Encontró en el supermercado una revista especializada en otros mundos. Empezó a leerla en la caja y continuó a tropezones en el camino de regreso. En la casa no tenía mucho tiempo pero sus idas al baño, en las cuales aprovechaba, se hicieron más frecuentes.

En adelante ya no tendría otro tema.

Se notaba en su cara mientras barría. En la extraña forma en que servía las cucharadas de puré de papa. En sus raras conversaciones telefónicas con alusiones a desiertos extranjeros. Pero tuve la certeza una mañana en que ella me entregó la tarea que, una vez más, había terminado por mí la noche anterior. En medio de la maqueta del Sistema Solar, hecho de bolas de duroport, había colgado un pequeño plato de Barbie con ventanitas pintadas. En el colegio lo arranqué con cuidado con la intención de volverlo poner en la tarde, cuando lo trajera de regreso, para que ella no se diera cuenta. Al verlo de cerca, en una de las ventanas, había un diminuto dibujo de la cara de una mujer.

Así supe que ella sabía que los extraterrestres vendrían a recogerla.

Decidí escoger otro mundo también. Uno que no la incluyera a ella. Si no me llevaba en la nave no la invitaría yo tampoco. Me decidí por la sociedad de los sonámbulos. Esos entes que caminan como momias con las manos al frente vestidos con camisones y sombreros con bolita, algunos con una vela en la mano.

En mis noches, me forzaba a entrar al universo de los dormidos y, cuando me acordaba y tenía ocasión, me levantaba a caminar con los brazos estirados. Generalmente mis excursiones incluían un juego imaginario de té en la cocina o la visita a un jardín de osos. A veces encontraba a mi madre viendo un documental. Pero una noche no estaba por ningún lado. Y, mientras continuaba mi expedición pasé por las gradas y la sala familiar. A través del comedor y al lado de la sala. Una luz cegadora salía de la puerta del cuarto de mis padres y con un ojo a medio abrir seguí el camino de los dormidos para entender por qué mi madre esperaba una nave.

Entendí que los extraterrestres no pegan. Y que los sonámbulos estaban mejor dormidos en su cama.

domingo, 12 de julio de 2009

treceaba entrega: cuentos perversos, og

¡Ten Piedad de mí!

Por Orlando Gutiérrez Gross

Piedad abrió la puerta principal de la casa y le hizo señas para que la abandonara, a lo cual el obedeció rápidamente, como perro fiel. Ya no estaba dispuesta a seguir sonriendo cada vez que lo veía, sabiendo que él tenía a otra. Su casa no era motel y cada vez que se le antojaba, regresaba buscando refugio, lo cual ella aceptaba. Pero esto terminaría el día de hoy.

Tenía ya meses de pensar la mejor forma de llevar a cabo su venganza, algo perversa, pero era su única oportunidad para hacerlo reaccionar. No le diría nada, él ya se daría cuenta con el tiempo.

Regresó a su cuarto, buscó un vestido que fuera acorde con su sombrero de alas anchas. Escogió uno de color gris, con encajes negros en los ribetes de las mangas y falda, era un vestido abombado, muy a los años 30. Se puso su collar de perlas, y finalmente se recogió el pelo para cubrirlo con el sombrero.

Se dirigió a la tienda de flores y compró un ramo silvestre. En la tienda de conveniencia, optó por un delicioso vino tinto de crianza, donde la madera cede al vino sus valores aromáticos. Un Torre Albèniz era el elegido, con fondo cereza madura, destellos rubí y ribetes yodados. Este vino tiene una interesante mezcla de fuerza y distinción. Final expresivo y aromático, largo, casi eterno. Igual que su plan.

Ya estaba todo listo, ahora solo hacía falta la dramatización en
plena calle, cerca del puesto de periódicos, donde él acostumbraba comprar su diario. Esto último era muy importante, pues sería el hilo conductor para que él se diera cuenta de lo que le había pasado. Nunca nadie pondría en tela de juicio lo que estaba por suceder, total, ella se consideraba agradable para conversar y le gustaba creer en la buena voluntad de las personas. Se sentía agradecida con Dios por darle un día más de vida, católica que no iba mucho a misa pero muy creyente, alegre y por lo general muy positiva. Cuando algo malo sucedía en su vida, como la separación de él, se descontrolaba, pero salía adelante y buscaba algo en que entretener su mente para sanar el corazón. Y en este momento, sabía que su entretención estaba por comenzar.

Empezó a aligerar el paso, en una mano llevaba las flores en la otra
la botella de vino en una bolsa de papel. Un par de lágrimas surcaron sus ojos, el rímel comenzó a correrse, ¡perfecto! La gente la quedaba viendo con cara de situación. ¿Qué le habría pasado a esa mujer tan hermosa y tan bien vestida? Sus pasos eran ahora un ligero correr, divisó una banca y se sentó, se quitó el sombrero y comenzó a llorar a moco tendido. Personas se agruparon alrededor de ella y le preguntaban que sucedía, ella por más que trataba de pronunciar palabras, no podía. La gente trataba de consolarla. Se levantó, y entre labios dijo: ¡he sido ultrajada!


Salió corriendo. Lloraba.

Llegó a casa, estaba tan compenetrada con el papel de "ultrajada"
que tuvo que echarse agua fría en la cara. Se volvió a maquillar,
descorchó la botella de vino y se cagò de la risa. Solo ver las
caras de las personas e imaginarse la de él cuando se enterara, era más que suficiente. ¡Qué fácil era dominar a alguien si uno se lo proponía!

De fondo sonaba una de sus canciones favoritas, en un disco de acetato:


Siento pena,
pena porque te quise de veras
rabia porque te di
lo que nunca
imaginaste un día tener
todo el mundo a tus pies

Siento lástima
porque yo se que aun
tu me extrañas
lo noto en tu voz
las veces que llamas
porque yo se que sufres con ella
aunque finjas ser fiel

Mira si yo te conozco bien
que me atrevería jurar
que no duras junto a ella
un fin de semana más
sin que extrañes en tu piel
todas mis caricias

Yo que te conozco bien
me atrevería a jurar
que vas a regresar
que tocaras mi puerta
yo que te conozco a ti
me atrevería decir
que estas arrepentido

viernes, 10 de julio de 2009

doceaba entrega: cuentos nocturnos, jm

Perverso perro nocturno


Por J. M. Arrivillaga

Cuento de perro

Oxí Tz´í llegó muy de madrugada. Ella dormía. El perro de la justicia no quiso incomodar. Lentamente se acercó y, durante dos horas al menos, sólo la observó. Solo.

Porque toda esa compañía supuesta no era más que dos o tres lazos, fuertes e intensos, de los muchos que el tenía para amarrar, y de los pocos que el tenía para escapar.

Pero ese día había huido. Entre las tinieblas del delito, supo poner luz para blanquear cualquier acción, que de por sí y por su alto compromiso con la justicia, sería blanco proceder. Pero no. No se trataba de justicia sino de paz. Porque sí, era todo un político.

Oxí Tz´í llegó porque demasiadas energías se lo pedían. Porque algo en el mundo colapsaría si no revelaba su pensar. Pero ¿Cuántas cosas también colapsarían si lo revelaba? Entonces, sin querer, se volvía turno de la justicia, tan asquerosa la justicia que mandaba los sueños a la punta. Porque no eran justos.

Esa madrugada y durante los primeros rayos de sol, él supo que nada coincidía. El perro posó su mano, suavemente, sobre el rostro. Tan femenino, tan demarcado. Oxí Tz´í podría contar una historia en cada rasgo, en cada facción de aquella a la que veía.

Delineó su nariz, delineó su oreja. Pero algo andaba mal.

Él, un perro callejero de resonado misterio, de camino intenso y un tercio de vida más, no lograba comprender las percepciones de la hermosa, si, pretendida.

Dentro de su justicia implicada por los astros, se pregunta y pregunta más de la cuenta. ¿Será? O ¿no será?

Porque si bien le interesa la justicia, no la conoce. Solo procura la prudencia. Abrir puertas sin invadir. Más bien, tocar la puerta y esperar a que abran. No le gusta insistir, claro, porque atenta a la justicia. Pero ¿qué es insistir? ¿Será que hacer saber que uno está la puerta implica una invasión? No lo sabe, el perro. Solo huele y va. Huele las presiones energéticas que siente. Y qué más dá.

Pero entonces, cuando la meditación parece hacerlo entrar en un trance celestial, mientras delinea su mentón, ella despierta.

-Ah.. shu, shu.. fuera, cerdo, que asco, ¡mamá! ¡Un perro callejero en mi cuarto!


Cuento nocturno

Era de madrugada y Oxí Tz´í caminaba despreocupado por la avenida principal. Era su rato, el momento para él. Era la hora de su intimidad. Su circunstancia más precisa. Caminó hasta llegar al lago. Bajó y vio que el agua se miraba espléndidamente quieta, y en su quietud, trató de ver las siluetas de sus amores. Y Oxí Tz´í las vio. Tres siluetas muy claras, pero construidas en base a recuerdos cada vez más lejanos. Pero las vio y disfrutó cada momento (y tal vez, un día, tomar un café, y soñar un poco, y tal vez amarnos). Vio a Lidia, tan niña, tan audaz. Vio a Mursia, tan astuta, tan fuerte. Y vio a Catalina, tan mujer, tal suerte.

Ninguna llegó, ninguna madrugada. Fue un puerto desierto a la luz de la luna, y el dudó, dudó. Nunca supo si seguir la vida ante tal imposibilidad, o rendir sus cuentas dentro del mar de la mediocridad, conforme. Nunca supo si podría, nunca supo si al fin llegarían. Nunca lo supo pues aquella madrugada se adentró en el muelle, llegó al borde, y saltó a las desesperadas siluetas de su imaginación.


Cuento perverso

Oxí Tz´í la encontró. Estaba sola. La vio detenidamente a los ojos (dicen que los varones no pueden ver más de ocho segundos a los ojos a una mujer sin desearla, y que después de los diez caen rendidos), la vio más de diez minutos, movía sus manos y sus cejas perversamente. Al fin decidió: caminó rápidamente hacia ella y al encontrarse a muy, pero muy poca distancia, le dijo: Te amo, nadie te amarra aquí. Te adoro y adoro tu vida. Seguí tu camino y si un día deseas mi muleta, pedí suerte para que la vida aún me incluya, aún me tenga aquí.

miércoles, 8 de julio de 2009

doceaba entrega: cuentos nocturnos, i

Mitch
Por Ixmucané

De no haber sido por la residencia donde viví en mi época de estudiante, no hubiera sabido que los vampiros se alimentan no de sangre sino de pizza. Por lo menos es lo que comía mi compañero de piso, Mitch, y yo estoy segura que él era un vampiro. No por su porte gótico. Conozco muchos góticos y ninguno de ellos tenía una vida exclusivamente nocturna, como la que él tenía. Trabajaba de noche como cuidador de edificios de oficinas o de parqueos. En el día dormía o permanecía en su cuarto – completamente oscurecido por medio de cortinas negras - estudiando. Nunca lo vi en la universidad. Yo creo que estaba en una universidad a distancia y mandaba las tareas por correo electrónico. Ya cuando empezaba a oscurecer, salía y ponía su pizza congelada en el horno. Cenaba a la luz de las velas, - no permitía que se prendiera la luz del foco mientras él estuviera allí – y platicaba con quien estuviera en la cocina. Luego se iba a trabajar.

El problema de los seres nocturnos es que tienden a sentirse muy solos. Una madrugada me desperté con sed y me fui a la cocina a tomar un vaso de agua y me encontré a Mitch sentado en una de las sillas, esperando a que apareciera un interlocutor. Esa noche no había ido a trabajar. “Qué bueno que estás despierta”, me dijo emocionado, y yo pensé en contestarle que no, que realmente no estaba despierta, que solo andaba sonambulando un poco, pero no tuve tiempo ni de decir “no”, ya que, casi sin pausa, me empezó a contar el por qué esa noche no había ido a trabajar, seguido del argumento completo de su película preferida, “El baile de los vampiros” - otra prueba de su vampirés – que había visto esa noche por milésima vez, para terminar con la queja de que uno de nuestros compañeros de piso se había comido su última pizza. Llegado ese momento suspiró con tristeza, lo que yo aproveché para escabullirme a mi cuarto, no sin antes ofrecerle mi pizza congelada a manera de ofrenda. El resto de la noche soñé con él, viendo como se avalanzaba hacia el congelador para atrapar a su presa, de salami con doble queso.

Hace poco me lo encontré en la parada del bus. Yo volvía del trabajo después de una jornada agotadora, por lo que me mantuve a una distancia prudencial para no entrar en su campo de visión, no fuera ser que quisiera chuparme la última gota de energía que conservaba, contándome todo lo que había pasado en los diez años que no nos habíamos visto. Estaba igual de pálido y delgado que entonces, el mismo pelo largo pintado de negro y agarrado en una colita. No había envegecido ni un solo segundo, era una copia exacta del Mitch de la residencia. Caminaba inquieto de un lado a otro sin mirar a su alrededor. De repente apareció una chica, peliroja, tan pálida y delgada como él. Se besaron un largo rato y luego se dirigieron, tomados de las manos, al restaurante italiano que estaba cerca. En eso llegó mi bus y me subí.
Miré hacia atrás y alcancé a ver que, antes de entrar al restaurante, intercambiaron una mirada llena de complicidad y sus sonrisas develaron dos pares de colmillos, blancos como la mozzarella.

domingo, 28 de junio de 2009

onceaba entrega: cuentos de perros, QM

Conversaciones con Dios

Por Quique Martínez


No es fácil eso de ser el Diablo. Para vos todo es regalado, tenés gente preparada que te ayude. Además vos con eso de la omnipresencia estás en todo, pero yo, no estás para saberlo ni yo para contarlo, para andar supervisando a toda la bola de tarados que tengo trabajando me lleva la gran diabla (que me oiga mi mujer). No te riás. A ver te explico.

Antier estaba yo feliz a punto de cenar, mi esposa me había recalentado una carne guisada del almuerzo y me la había servido con frijolitos parados y tortillitas recién tostadas en sartén. Estaba a punto de echarme el primer tenedorazo cuando entra Adirael. Ya sabés vaa, así mulón caminando con joroba, siempre con prisa, como que lo andan corriendo. Entra con un legajo de papeles y a mí sólo de verlo se me va el hambre. En primer lugar me cae re mal que me anden mamoneando. Yo ya sé que soy el rey de las tinieblas y bla bla bla, si mi mujer me lo anda reclamando en cada pelea que se inventa. Por qué no van al grano, digo yo. Luego de todos los adornos y que mi señor y que su majestad y no sé que otras cosas, logro que escupa lo que se trae.

Resulta que mandaba a decir mercadeo que estábamos bajos en Guatemala. ¿Cómo así? le digo yo. Porque yo me había pasado yendo por lo menos un día a la semana los últimos meses a ver las cosas allí. Pues no mirás que las encuestan dicen que ahora yo me dedico a la gente de pisto nada más. A la gente de poder. Y esos ineptos me van a venir a decir a mí cómo trabajar. Porque las entradas son más fuertes con ricos, no ven que ellos se pasan arrastrando siempre a otras personas. A qué hora me dedico yo al vulgo. Si los pobres igual y van a ir a dar conmigo. Pero no, ahora también hay qué tener popularidad. Si no soy actor de novela, digo yo.

Va, para hacertela corta, resulta que en marketing está de moda eso de regresar a lo “básico”. Entonces para llegar a más gente tenía qué hacer cosas más “sencillas”. Para estas ya mi mujer estaba en la puerta de la cocina con los brazos cruzados con una jeta de aquí al cielo. En resumen, lo que querían era que prestara más atención a las leyendas populares. Leyendas populares. Entonces la cosa estaba en que yo fuera -porque lo tenía que hacer yo verdad, nadie más podía- ya sea de Siguanaba, Sombrerón, Cadejo, qué se yo. A mí de mujer ya no me hace vestirme nadie, eso lo hice en la U y ya pasó, y de Sombrerón no estaba tan mal pero también andar enamorando patojas me consiguió una semana de dormir en el sofá. Así que el menos peor era el Cadejo. Entonces le pregunto que cuándo, y me dice que mi agenda estaba llena, que tenía que ir en ese ratito.

Me había tomado el trabajo de echarle a mi cena la cantidad exacta de chile como para que picara sabroso, así que se sintiera el sabor bien balanceado de la comida y la sazoncita del tabasco, pero suficiente como para que quedaran calientes los labios después del primer bocado, y no muy quería dejarla. Cuando entonces mi esposa somata la puerta del cuarto. No me hizo mucha gracia, pero igual y ya me había conseguido clavos, mejor me iba en ese ratito, salía una hora y todavía la contentaba antes de dormir.

Me da una dirección el Adirael y me voy pues al bar “Mi Cielo”. Llego yo convertido en un perro grandote. Lindo. Negro, negro. El pelo brillante, las orejas paraditas, patas pesadas, los ojos rojos como a mí me gustan y cola peluda, meneándose al viento. Medio había dado tres pasos cuando siento una cosa helada en el culo. Volteo a ver y un chuchito quishpinudo y jiotoso me estaba oliendo. Me voy poniendo para balazos y de un solo guau lo mandé corriendo asustado que casi se choca con un chara que estaba tirado en la acera.

Ya estaba. Sólo tenía que ir con el bolo ese, lamerle la boca, acompañarlo a la casa y ya me lo había ganado. Al final me convierto en algo así horrible para que se cague y después él se encarga de contárselo a los otros y yo me regresaba a meter mi cena al micro.

Entonces me voy acercando muy casual, así como quien no quiere la cosa, y cuando ya estaba a un par de pasos me cae un chipotazo en el hocico. El muy cabrón me había visto venir y me había tirado una botella vacía que tenía a un lado. Me dio tan duro que casi me bota los colmillos. Y me quedo yo quieto un rato, con la cabeza para abajo para que se me olvidara. Cuando oigo un Cs-cs-cs-cs.

En la puerta del bar estaba un mujerón. Pero qué te digo, ¡una señora puta! Divina. Morena de melena colocha, larga, así alborotada. Estaba agachada y del escote se le salían unas tetas… ¿cómo te explico? Caídas del cielo. ¿Me entendés? Me estaba llamando, se sobaba con el pulgar los deditos medio e índice. Cs-cs-cs-cs. Las uñas coloradas como sus labios carnositos. Olía mal pero olía bien, como a una mezcla de rosas y lavanda con pescado. En la otra mano tenía un pan con miel. Hay algunas cosas que ya uno convertido en perro no se puede resistir, como orinar en los postes, oler la caca del pavimento o la comida que te da un extraño. Y más si era un extraño como ese. Entonces yo agarré mi mejor porte, me paré derechito, caminé, abrí la boca, saqué los dientes y a punto de agarrar el pan estaba cuando ¡Juaz! Siento una mordida en la pata.

¡Verdad Chucho serote que me querías morder! Me dice el bolo. ¡Pues pa que mirés lo que se siente! Y ¡Juaz! Me pega otra mordida. Mis ojitos coloraditos, te juro que se me llenaron de lágrimas. Seguro que las caries le habían afilado la dentadura al tipo ese porque sentí que tocó el hueso. Logré zafármele como pude y salí corriendo por donde el otro perro se había ido.

Me regresé a la casa y te podrás imaginar que le habían echado tranca a la puerta. Y yo con la canilla sangrando. ¡Mi huevo que le iba a hacer a las leyendas otra vez! Mejor me quedaba con mis políticos y empresarios que igual y siempre le dan un traguito a uno. ¿Te das cuenta? Ser el Diablo no es fácil.

sábado, 27 de junio de 2009

onceaba entrega: cuentos de perros, CZ

El Güero, los gringos, El Negro de la 16 de Septiembre y la madrugada Sancristobalense
Cristina Zuleta
El Güero andaba por el centro, cerca de la Catedral de Santo Domingo cuando se los encontró. Eran otros dos güeros como él,
pero no de su especie, caminaban a dos patas y no paraban de hablar; eran de esos con los que cohabitaba en los momentos
de hambre y juego, de acompañar a una solitaria o asustar a algún distraído volviéndolo de un ladridazo a una realidad entre lo urbano y lo
pueblerino. Además, estos dos eran gringos, chance y acaban de llegar y le daban alguna sobrita de su botana de viaje.
La noche, màs aun la madrugada, eran el momento del Güero, estaba lleno de energía para conseguir más energía materializada
en alimento.
-¡Chale!- Se dijo el güero - Cómo me ruge la tripa.- Se les pegó a los gringos que iban en un plan de cortejo de los más gastados que hubiese presenciado el perro color oro semióxidado. Los siguió en tono juguetón y con cautela, porque sabía la neta de lo que sentía y pensaba la gente de los callejeros como él. No quiso asustarlos y los miró a los ojos en silencio moviéndoles la cola cual bandera blanca en son de paz. Ya el callejero estaba entrenado, por si mismo y la experiencia de vida, en socializaciones de este tipo. No se le asustaron
e intrepretaron su aparición nocturna como una señal positiva para su encuentro, en el que habían aprovechado todo un día de viaje
y encierro juntos para conocerse. A este punto de la noche, ya habían coincidido en el lugar de hospedaje, la comida, los lugares visitados y los libros leídos. -¡Ay, esta gente cuándo cambiará la estrategia o irán al grano!- Se tomó un momento de la atención forzosa que le daba a su estómago para reflexionar en esto. Pero al final todos estos detalles le daban igual porque sabía que al final la noche terminaba más o menos en lo mismo. Tan pronto como los tres amigos entraban en confianza y la gringa estaba a punto de sacar la botana para el Güerito, se aproximaron a un callejón que parecía tener un guardían, un perro de esos guerreros y plena forma, claro está, con aires de grandeza sintiéndose el dueño de la calle. Se aproximo el "Negro de la 16 de Septiembre" trotando como poseido por su instinto terrenal y que agarra al Güero desprevenido y se le tira encima por detrás y suelta al mismo tiempo un ladrido gruñon. El arremetido en puro reflejo automático le lanza una mordida a la oreja izquierda, doblando el cuello y tomando impulso de la pierna de la gringa para girarse hacia El Negro, pero no alcanza. La gringa se asustá y grita, el gringo también se asusta pero convierte el grito en valentía con un ¡Eeeeh! Seguido de una pizada fuerte y sonora y un efusivo movimiento lateral de cabeza. El Negro se aleja, pues si le da miedillo el gringo y el grito de la gringa más, pero sigue gruñendo entre dientes y mostrándolos. El Güerito no le hace mucho caso e intenta pasar desapercibido caminando normal pero mirando de reojo... La pareja aprovecha para seguir a su amigo y tomar la misma actitud pero el viajero regresa
repentino con otra pisada fuerte y otro grito de ultimatum. Siguen caminando, todos estan agitados y dos cuadras después se detienen a tranquilizarse. El Güero retoma el aire jugueton, como recordando algo que no le fue entregado por culpa del apestoso ese de la 16 de Septiembre. Ella sonrié y se lo da seguido de mucha caricias y cariños en inglés, cabe recalcar que al canino le daba lo mismo el idioma.
Los acompañó hasta el Hostal Los Camellos como agradecimiento. Y siguió su andar hasta la tranquilidad oscura y fantasmal del Mercado Municipal a la 3 de la madrugada.

viernes, 26 de junio de 2009

onceaba entrega: cuentos de perros, og

El Ritual

Por Orlando Gutiérrez Gross

Desde que entraron a casa, presentí que sería otra de esas noches.

Cada vez que “olían” eso, se ponían raros. No lograba entender que era lo que les hacía, pero el olor que llegaba a mi nariz, era feo.

Siempre era el mismo ritual, lo ponían en un plato y se sentaban a platicar, al rato se quitaban la ropa y los veía acariciarse. Eso me gustaba, porque estaban jugando y podría participar, pero apenas me acercaba, me rechazaban.

Después de un rato pasaban al cuarto y él se le montaba a ella, como hago con mi almohada. Al día siguiente me dejaban entrar en el dormitorio, pero ese “olor” inundaba el ambiente. Cuando les quería dar un beso en la boca o nariz, el olor a cloro era espantoso.

No me gusta que inhalen cocaína.

Chantaje emocional

Por Orlando Gutiérrez Gross

Todo empezó un jueves en la mañana, cuando me sacaron de la jaula y entré en un lindo apartamento. Mi nuevo dueño tenía cara de asombro, me hablaba anormal, con voz pitoreta, tan aguada que molestaba mis oídos.

Los días pasaron y me acostumbraba más y más a la nueva casa. Ya había entendido que si no orinaba donde ponían papel, me zampaban una nalgada. No tenía permitido subirme a la cama, en cambio, me tenían una en la lavandería.

Considero que soy un perro bien portado, con un par de defectos, pero ¡por Dios!, ¿qué can no tiene defectos?

Cuando mi dueño salía de casa y tardaba mucho, sentía placer en jugar con sus zapatos, el olor natural a él entraba por mis fosas nasales, y me intoxicaba. Me alegraba. Me sentía fuera de este mundo. Morderlos con los dientes, tirarlos para arriba, oír como caían y los volvía a agarrar, era todo un deleite para mí.

La primera vez que pasó, me regañó fuertemente y me dejó en el patio todo el día. Mis chillidos no surtieron efecto, así que decidí volverlo a hacer en venganza. Esto se había convertido en un ritual y hasta cierto punto los dos los disfrutábamos.

Un buen día llego una mujer a su vida, poco a poco se fue afianzando en la casa, hasta que llevó ropa, zapatos y se quedaba a dormir. La odiaba, cada vez que la veía sentía como el corazón me latía a mil por hora y además, le hedían los pies. Entonces decidí dejar los zapatos de él, y ensañarme con los de ella. El olor me intoxicaba, pero no de placer. Le destruí todos los zapatos que pude y toda las pertenencias que podía alcanzar con mis dientes. Hasta que un día escuché como ella le decía:

-¡Decide!, o el perro o yo-

En ese momento puse la cara más triste que se puedan imaginar, y me eché a los pies de él.

-¡No me hagas esto Karla, entiende!-

-¿Entender qué? ¡Es fácil, o él o yo!

Nunca más la volví a ver y en agradecimiento no mordí sus zapatos nunca más.